A veces, la vida se siente como una tormenta que no podemos detener, y lo primero que intentamos hacer es cerrar las ventanas y taparnos los oídos para no escuchar el trueno. La frase de Bessel van der Kolk nos recuerda que el verdadero cambio no viene de ignorar la tormenta, sino de aprender a observar la lluvia sin miedo. La neurociencia nos dice algo profundamente hermoso: no podemos transformar nuestra tristeza, nuestra ansiedad o nuestro cansancio si primero no nos atrevemos a mirar hacia adentro y reconocer que esas emociones están ahí, pidiendo un poco de atención.
Ser amigos de nuestro mundo interior suena como una tarea imposible cuando estamos en medio de un mal día. Solemos ser nuestros jueces más severos, criticando cada pensamiento negativo o sintiéndonos culpables por no estar siempre felices. Pero, ¿qué pasaría si en lugar de luchar contra lo que sentimos, simplemente nos sentáremos a tomar un té con nuestra propia emoción? Reconocer que estamos asustados o frustrados es el primer paso para que esa emoción deje de ser un enemigo y se convierta en una maestra que nos indica qué necesitamos sanar.
Recuerdo una tarde en la que yo misma me sentía muy abrumada. Sentía un nudo en el pecho y una inquietud que no me dejaba descansar. Mi primer instinto fue distraerme con el teléfono o limpiar la casa frenéticamente para no pensar. Pero decidí detenerme. Me senté en mi rincón favorito, respiré profundo y me dije: 'Está bien, BibiDuck, te sientes abrumada y es válido'. Al dejar de luchar contra ese nudo y simplemente observarlo, el nudo empezó a aflojarse. No desapareció por arte de magia, pero dejó de asustarme tanto porque ya no era un extraño en mi propio cuerpo.
Este proceso de hacer las paces con nuestro interior es un viaje lento, lleno de pequeños descubrimientos. No se trata de alcanzar una perfección emocional, sino de cultivar una relación de amabilidad con nuestra propia mente. Es aprender a decirnos a nosotros mismos cosas que le diríamos a un mejor amigo que está sufriendo.
Hoy te invito a que hagas una pequeña pausa. No intentes arreglar nada, solo cierra los ojos un momento y pregúntate con mucha dulzura: ¿qué está pasando dentro de mí en este instante? Solo observa, sin juzgar, y trata de darle un abrazo cálido a lo que sea que encuentres allí.
