Nuestro cuerpo registra cada experiencia y nos lo hace saber.
A veces pensamos que somos solo una mente que dirige un vehículo, pero la verdad es que somos un todo inseparable. La frase de Bessel van der Kolk nos recuerda algo profundo y, a veces, un poco aterrador: nuestro cuerpo no olvida. Aunque intentemos racionalizar lo que nos duele o tratar de enterrar un recuerdo bajo capas de lógica, nuestras células, nuestra respiración y nuestra tensión muscular guardan la memoria de cada tropiezo y de cada herida. El cuerpo tiene su propia sabiduría y, al final, siempre tiene la última palabra porque es el hogar donde realmente habitamos.
En el día a día, esto se manifiesta de formas muy sutiles pero poderosas. ¿Alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de una reunión importante, o una opresión en el pecho sin una razón médica aparente? No es solo nerviosismo pasajero; es tu cuerpo intentando comunicarte algo que tu mente aún no se atreve a procesar. A menudo ignoramos estas señales, pensando que podemos simplemente seguir adelante con nuestra lista de tareas, pero el cuerpo sigue registrando la tensión, acumulando pequeñas historias de estrés y tristeza que esperan ser escuchadas.
Recuerdo una vez que yo misma, en un momento de mucho trabajo, intenté ignorar el cansancio extremo y la rigidez en mis hombros. Me decía a mí misma que estaba bien, que podía seguir adelante. Pero una noche, mi cuerpo simplemente dijo basta; me sentí físicamente agotada y con una tristeza que no lograba explicar con palabras. Fue entonces cuando comprendí que no podía seguir ignorando mis señales físicas. Mi cuerpo estaba llevando la cuenta de todo el estrés que yo intentaba minimizar. Tuve que detenerme, respirar y, finalmente, validar lo que estaba sintiendo.
Reconocer que el cuerpo lleva la cuenta no tiene por qué ser algo triste, sino una oportunidad de sanación. Significa que, si aprendemos a escuchar el ritmo de nuestro corazón y la tensión de nuestros músculos, podemos empezar a sanar desde la raíz. No se trata de luchar contra lo que sentimos, sino de convertirnos en aliados de nuestra propia biología. Te invito hoy a que cierres los ojos por un momento y preguntes a tu cuerpo: ¿qué intentas decirme hoy? Escuchar con amor es el primer paso para recuperar la paz.
