💊 Sanación
Las personas traumatizadas se sienten crónicamente inseguras dentro de sus cuerpos, y hacerlas sentir seguras de nuevo es el corazón de la sanación
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Bibiduck healing duck illustration

Van der Kolk identifica la sensación de seguridad corporal como el núcleo de la sanación del trauma

A veces, el mundo exterior parece tranquilo, pero por dentro sentimos una tormenta que no nos deja descansar. Esta frase de Bessel van der Kolk nos recuerda algo profundamente humano y doloroso: cuando hemos pasado por momentos difíciles, nuestro propio cuerpo puede convertirse en un lugar donde no nos sentimos a salvo. No es solo que los recuerdos duelan, es que el corazón late rápido, los músculos se tensan y parece que estamos siempre esperando que algo malo suceda, incluso cuando estamos en la comodidad de nuestro hogar.

Vivir así es como intentar descansar en una casa donde las ventanas siempre están abiertas y el viento frío entra sin permiso. Es agotador estar en alerta constante. He visto esto en personas que, a pesar de tenerlo todo en orden, no pueden disfrutar de un abrazo o de una tarde tranquila porque su sistema nervioso sigue gritando que el peligro acecha. El verdadero proceso de sanación no se trata solo de entender lo que pasó con la mente, sino de aprender a decirle a nuestro cuerpo, con mucha paciencia, que el peligro ya ha pasado.

Recuerdo a una amiga que siempre vivía con una tensión insoportable en los hombros. Ella decía que sentía que su propio cuerpo era un extraño al que no podía confiar. Empezamos a trabajar en pequeños momentos de calma, simplemente aprendiendo a respirar y a notar la calidez de una taza de té entre sus manos. No fue un cambio mágico de la noche a la mañana, pero fue el inicio de un reencuentro. Poco a poco, su cuerpo empezó a reconocer que podía soltar la guardia, un pequeño suspiro a la vez.

Sanar es, en esencia, un acto de reconquista. Es volver a habitar nuestra propia piel con ternura. Yo, como su pequeña amiga BibiDuck, siempre les digo que no hay prisa en este camino. No se trata de forzar la calma, sino de construir un refugio seguro dentro de nosotros mismos, ladrillo a ladrillo, con mucha compasión.

Hoy te invito a que te detengas un momento. Cierra los ojos y nota dónde guardas la tensión. No intentes eliminarla de inmediato, solo reconócela. Pregúntate con mucha suavidad: ¿qué pequeño gesto puedo hacer hoy para que mi cuerpo se sienta un poquito más seguro y amado?

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