A veces pasamos la vida entera intentando ser la mejor versión de nosotros mismos para los demás. Buscamos la aprobación de nuestros amigos, el reconocimiento de nuestros jefes y el cariño de nuestra familia, olvidando que hay una persona que siempre está ahí, acompañándonos en cada paso, pero que suele ser la última en nuestra lista de prioridades: nosotros mismos. Esta hermosa frase de Sharon Salzberg nos recuerda que el amor no es algo que solo debemos repartir hacia afuera, sino que es un refugio que debemos construir primero en nuestro propio corazón.
En el día a día, esto se traduce en cómo nos hablamos cuando cometemos un error. ¿Eres esa voz crítica que te dice que no eres suficiente, o eres ese amigo compasivo que te ofrece un abrazo? La mayoría de nosotros somos jueces implacables con nuestras propias faltas, mientras que somos increíblemente gentiles con los errores de los demás. Aprender a merecer nuestro propio afecto significa cambiar ese diálogo interno, reconociendo que nuestra existencia tiene un valor intrínseco que no depende de nuestros logros o de lo que otros piensen de nosotros.
Recuerdo una tarde en la que me sentía especialmente abrumada por una lista interminable de tareas pendientes. Sentía que no estaba haciendo lo suficiente y que mi valor dependía de cuántas cosas lograra tachar de mi agenda. Me senté un momento, tal como suelo hacer cuando necesito un respiro en mi rincón de lectura, y me di cuenta de que estaba siendo muy dura conmigo misma. En ese instante, decidí tratarme con la misma ternura con la que trataría a un pequeño patito que acaba de aprender a nadar. Me permití descansar sin culpa, entendiendo que mi bienestar era más importante que la productividad.
Date permiso hoy para ser tu propio aliado. No necesitas esperar a alcanzar una meta o ser perfecto para empezar a tratarte con cariño. Mira hacia adentro y reconoce que todo lo que eres, con tus luces y tus sombras, es digno de una gran admiración. Te invito a que hoy, al final del día, te digas algo amable frente al espejo, algo que te haga sentir que estás en casa contigo mismo.
