A veces pasamos la vida entera intentando podar las ramas de nuestro jardín, cortando cada hoja marchita y tratando de que las flores luzcan perfectas por fuera, sin darnos cuenta de que el problema no está en lo que vemos, sino en lo que está oculto bajo la tierra. Esta frase de T. Harv Eker nos invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza de nuestra propia existencia. Nos dice que si estamos insatisfechos con los resultados que obtenemos, con los frutos de nuestro esfuerzo, no sirve de nada luchar solo con la superficie. El verdadero cambio, el que es duradero y real, ocurre en la raíz, en esos pensamientos y creencias que sostienen todo nuestro mundo.
En el día a día, solemos enfocarnos en los síntomas y no en las causas. Si nos sentimos estancados en nuestra carrera o si sentimos que la abundancia se nos escapa de las manos, nuestra primera reacción suele ser trabajar más horas o buscar métodos mágicos de productividad. Sin embargo, si nuestras raíces están llenas de miedo al fracaso o de una sensación de no ser suficientes, por mucho que trabajemos, seguiremos cosechando la misma inseguridad. Es como intentar que un árbol dé manzanas dulces cuando su raíz está siendo alimentada por agua amarga.
Recuerdo una vez que yo misma me sentía muy abrumada, como si estuviera corriendo en una rueda de hámster sin avanzar hacia ninguna meta importante. Yo pensaba que el problema era mi falta de tiempo, así que intentaba organizar mi agenda de mil formas distintas. Pero después de un tiempo, me di cuenta de que mi verdadera raíz era el miedo a decir que no y la necesidad de complacer a todo el mundo. Al cambiar esa creencia interna y empezar a cuidar mi propio espacio, los frutos de mi vida, como mi paz mental y mi creatividad, empezaron a florecer por sí solos sin tanto esfuerzo.
Este proceso de mirar hacia adentro puede dar un poco de miedo, porque las raíces suelen estar en la oscuridad, en esos rincones de nuestra mente que preferimos ignorar. Pero te prometo que es el trabajo más valioso que puedes hacer por ti mismo. No te limites a limpiar las hojas; atrévete a nutrir la tierra de tu corazón con nuevas ideas, con más amor propio y con una mentalidad de merecimiento.
Hoy te invito a que te detengas un momento y te preguntes con mucha ternura: ¿Qué creencias están alimentando mis frutos actuales? No busques culpables, solo busca entender qué parte de tu raíz necesita un poco más de luz y cuidado.
