“Que nada te perturbe, que nada te asuste, todo pasa, pero Dios nunca cambia, y la fe es paciente”
La fe ve más allá de lo temporal hacia lo eterno e inmutable.
A veces, la vida se siente como una tormenta que no quiere amainar. Las olas de la incertidumbre golpean con fuerza y parece que nada en nuestro mundo es sólido o seguro. La hermosa frase de Santa Teresa de Ávila nos invita a encontrar un refugio en medio de ese caos. Nos recuerda que, aunque el viento sople fuerte y las nubes oscurezcan el cielo, existe una esencia inmutable, una presencia divina que permanece constante mientras todo lo demás se desvanece. Es una invitación a soltar el miedo y a abrazar la calma que nace de la confianza.
En nuestro día a día, solemos angustiarnos por cosas que son, por naturaleza, temporales. Un mal día en el trabajo, una discusión con alguien querido o una crisis de salud nos hacen sentir que el mundo se acaba. Nos aferramos a lo que cambia con desesperación, olvidando que la impermanencia es la única constante de la vida. Cuando entendemos que las tormentas son solo fases y que nada de lo que nos asusta tiene el poder de alterar lo eterno, empezamos a respirar con una nueva libertad.
Recuerdo una vez que yo misma me sentía muy abrumada, como si todas mis pequeñas preocupaciones fueran montañas imposibles de escalar. Estaba sentada en mi rincón favorito, mirando cómo las hojas de los árboles caían con el viento, y me di cuenta de que las hojas caen para que el árbol pueda renovarse. Ese ciclo de pérdida y renacimiento es parte de un plan mucho más grande. Al igual que ese árbol, nosotros también atravesamos estaciones de desolación, pero la raíz de nuestra fe y nuestra esencia permanece intacta, esperando la primavera.
La paciencia es la clave de esta confianza. No se trata de ignorar el dolor, sino de aprender a esperarlo con la certeza de que no se quedará para siempre. La fe no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir caminando a pesar de él, sabiendo que hay un ancla firme donde podemos descansar.
Hoy te invito a que cierres los ojos por un momento y respires profundo. Identifica eso que te está inquietando y trata de recordarte a ti mismo que esto también pasará. Busca ese lugar de paz en tu corazón donde nada puede tocarte, y permítete descansar en la paciencia de la fe.
