A veces, cuando nos enfrentamos a un error o a un proyecto que no salió como esperábamos, sentimos un peso enorme en el pecho. La frase de Abraham Lincoln nos invita a mirar más allá del tropiezo mismo y enfocarnos en algo mucho más profundo: nuestra actitud ante la caída. El fracaso no es un punto final, sino un maestro silencioso. Lo que realmente debería preocuparnos no es haber cometido un error, sino permitir que ese error se convierta en nuestro lugar de descanso, aceptándolo con una resignación que nos impide volver a intentarlo.
En el día a día, esto se traduce en esas pequeñas derrotas que parecen insignificantes pero que moldean nuestro espíritu. Puede ser un examen reprobado, una oportunidad laboral perdida o una conversación que no fluyó como queríamos. El peligro no está en el vacío que deja el fracaso, sino en la comodidad de quedarnos ahí, refugiados en la queja o en la apatía. Cuando nos conformamos con el error, dejamos de crecer y nos volvemos extraños para nuestro propio potencial.
Recuerdo una vez que intenté organizar un pequeño evento comunitario y todo salió mal; la comida se acabó antes de tiempo y la lluvia arruinó la decoración. Me sentí tan derrotada que estuve días pensando que no era capaz de liderar nada. Me estaba conformando con esa versión de mí misma que fallaba. Pero un día, al mirar mis notas, me di cuenta de que lo que me dolía no era el desorden, sino el miedo a admitir que había aprendido algo nuevo. Al dejar de castigarme por lo que no salió, pude empezar a planear el siguiente paso con más sabiduría.
Por eso, hoy quiero decirte que está bien tropezar, incluso es parte de la aventura de vivir. Lo que te pido es que no te instales en ese tropiezo. No permitas que la derrota se vuelva tu zona de confort. Mira lo que aprendiste, sacúdete el polvo y vuelve a mirar hacia adelante con curiosidad. ¿Qué parte de este error te está enseñando algo valioso hoy? No te quedes sentada en el suelo, el camino sigue ahí esperándote.
