A veces, la vida nos mantiene en una especie de calma cómoda, pero también un poco limitada. Nos sentimos seguros en lo que conocemos, repitiendo nuestras rutinas y creyendo que ya conocemos nuestros propios límites. La hermosa frase de Emily Dickinson nos recuerda que el verdadero potencial de nuestro espíritu suele permanecer oculto, como una semilla bajo la tierra, esperando el momento exacto en que la necesidad o el desafío nos obliguen a florecer. No es que no tengamos esa fuerza dentro, es que simplemente no hemos tenido la razón para usarla todavía.
En el día a día, esto se traduce en esos momentos de crisis que tanto tememos. Pensamos que un cambio inesperado, un nuevo proyecto exigente o una pérdida difícil nos sobrepasarán. Sin embargo, es precisamente cuando el viento sopla con más fuerza cuando descubrimos que nuestras alas son mucho más resistentes de lo que imaginábamos. La altura de nuestra capacidad no se mide en los días de sol, sino en la fuerza que desplegamos cuando la subida se vuelve empinada.
Recuerdo una vez que me sentí muy abrumada por una responsabilidad que parecía demasiado grande para mis pequeños hombros de patito. Sentía que no tenía la sabiduría ni la energía para enfrentar lo que venía. Pero, al igual que cuando un pequeño brote tiene que empujar la tierra para buscar la luz, me vi obligada a buscar recursos dentro de mí que ni siquiera sabía que existían. Al final, no solo superé el reto, sino que descubrí una versión de mí misma mucho más valiente y capaz. Fue un llamado a subir, y acepté el vuelo.
No tengas miedo de los momentos en los que te sientas desafiado. Esos momentos de presión son, en realidad, invitaciones a descubrir tu propia grandeza. No necesitas saber hoy qué tan alto puedes llegar, solo necesitas confiar en que tienes la capacidad de elevarte cuando sea necesario. La próxima vez que sientas que la vida te pide un esfuerzo extra, respira profundo y recuerda que estás a punto de descubrir un nuevo horizonte en tu propio corazón.
