A veces, la vida nos presenta momentos de una oscuridad tan profunda que sentimos que hemos perdido el rumbo. La frase de James Hillman, que nos dice que el alma ve a través de la aflicción, puede sonar un poco dura al principio, pero contiene una sabiduría muy dulce si nos permitimos sentirla. Significa que el dolor no es solo un obstáculo, sino una especie de lente que, aunque nublada por las lágrimas, nos permite percibir matices de nuestra propia existencia que la alegría, en su brillo cegador, a menudo nos oculta.
En el día a día, solemos huir de la tristeza o del malestar, intentando tapar las grietas con distracciones o una sonrisa forzada. Sin embargo, es precisamente cuando nos detenemos ante la dificultad cuando empezamos a notar lo que realmente importa. La aflicción nos obliga a mirar hacia adentro, a cuestionar nuestras certezas y a reconocer nuestra vulnerabilidad. Es en ese espacio de fragilidad donde el alma despierta y comienza a reconocer su propia fuerza y su verdadera esencia.
Recuerdo una vez que yo misma me sentía muy perdida, como si estuviera caminando por un bosque sin salida. Estaba pasando por una etapa de mucha soledad y sentía que no podía ver el propósito de mis días. Pero, poco a poco, esa misma tristeza me llevó a prestar atención a las pequeñas cosas que antes ignoraba: el calor de una taza de té, la profundidad de un silencio o la importancia de ser amable conmigo misma. Fue la necesidad de sanar lo que me obligó a observar mi paisaje interior con una claridad que nunca antes había experimentado.
No te pido que busques el sufrimiento, porque nadie merece sufrir sin sentido. Pero sí te invito a que, cuando la tormenta llegue, no cierres los ojos con miedo. Intenta observar qué te está intentando decir este momento de dificultad. ¿Qué parte de ti está intentando emerger? ¿Qué verdad estás descubriendo sobre tu propia capacidad de resistir?
Hoy, te animo a que te des permiso para sentir lo que necesites sentir. No trates de forzar la luz si todavía estás en la sombra; simplemente permite que tu alma aprenda a observar en la penumbra. A veces, es en la noche más oscura donde finalmente aprendemos a ver lo que siempre ha estado ahí.
