Existir es ser percibido; sin observador, no hay existencia.
A veces me detengo a pensar en la profundidad de las palabras de George Berkeley, quien decía que existir es ser percibido. A primera vista, puede sonar como un concepto puramente filosófico y algo frío, pero si lo miramos con el corazón, descubrimos una verdad muy humana. Esta idea nos sugiere que nuestra identidad no es algo que ocurre en un vacío absoluto, sino que se construye, se nutre y se valida a través de los ojos de quienes nos rodean y de la forma en que nos mostramos al mundo.
En nuestra vida cotidiana, esto se traduce en la importancia de los vínculos. Todos hemos sentido alguna vez que, cuando estamos solos en una habitación sin nadie que nos vea, una parte de nuestra esencia parece estar en pausa. Pero cuando entramos en un café, saludamos a un vecino o compartimos una risa con un amigo, es como si nuestras luces se encendieran de nuevo. La mirada del otro actúa como un espejo que nos devuelve una imagen de quiénes somos, ayudándonos a dar forma a nuestra propia existencia.
Recuerdo una tarde en la que me sentía especialmente pequeña y casi invisible, como si mis preocupaciones no tuvieran peso porque nadie las estaba notando. Estaba sentada en un parque, sumida en mis propios pensamientos, sintiéndome desconectada de todo. De repente, una persona desconocida me sonrió al pasar y me preguntó cómo estaba. Ese pequeño gesto, esa simple percepción de mi presencia, me hizo sentir real otra vez. Fue un recordatorio de que, aunque nuestra esencia interna es sagrada, el reconocimiento de los demás nos ayuda a aterrizar en la realidad y a sentir que pertenecemos a este gran tejido llamado vida.
Sin embargo, no debemos olvidar que también tenemos el poder de percibirnos a nosotros mismos con amor. No podemos depender únicamente de la validación externa para sentir que existimos. La verdadera magia ocurre cuando aprendemos a ser testigos compasivos de nuestra propia historia, reconociendo nuestro valor incluso en los momentos de soledad.
Hoy te invito a que reflexiones sobre quiénes están presentes en tu vida para dar testimonio de tu luz. ¿A quiénes estás permitiendo que te vean de verdad? Y más importante aún, ¿estás siendo tú mismo una presencia amable y atenta para tu propio corazón?
