A veces, cuando leemos las palabras de Marianne Williamson, sentimos un pequeño escalofrío en el corazón. Decir que nuestro mayor miedo no es la insuficiencia, sino nuestra propia grandeza, suena casi contradictorio, ¿verdad? Solemos pasar la vida intentando encajar, tratando de ser lo suficientemente pequeños para no incomodar a nadie, o buscando excusas para no brillar por miedo a la responsabilidad que conlleva ser alguien extraordinario. Es mucho más cómodo esconderse en la sombra de la duda que aceptar la luz deslumbrante de nuestro propio potencial.
En el día a día, este miedo se manifiesta en esas pequeñas decisiones que tomamos para mantenernos a salvo. Es ese suspiro de duda antes de enviar un correo importante, o el silencio que guardamos cuando tenemos una idea brillante en una reunión de trabajo. Nos convencemos de que estamos siendo humildes o prudentes, pero en el fondo, estamos protegiendo nuestro ego del riesgo de fallar de manera espectacular. El miedo a ser poderosos es, en realidad, el miedo a perder el control de la vida que conocemos.
Recuerdo una vez que me sentía muy pequeña frente a un proyecto enorme. Yo pensaba que no estaba preparada, que me faltaba conocimiento y que lo mejor era quedarme en mi zona de confort, ayudando desde la periferia. Pero una amiga me dijo algo que me hizo reflexionar: si no te atreves a ocupar tu espacio, ¿quién lo hará por ti? Al final, tuve que aceptar que mi miedo no era a no ser capaz, sino a descubrir de lo que realmente era capaz y cómo eso cambiaría mi mundo para siempre.
Como tu amigo BibiDuck, quiero recordarte que esa chispa que sientes dentro de ti no es un error. No es algo que debas apagar para que los demás se sientan cómodos. Esa fuerza, esa capacidad de impactar positivamente en los demás, es tu verdadero regalo. Aceptar tu poder no significa ser arrogante, sino ser auténtico y permitir que tu luz guíe tu camino y el de quienes te rodean.
Hoy te invito a que te detengas un momento y pienses en algo que hayas estado evitando por miedo. ¿Qué pasaría si, en lugar de preguntarte si eres suficiente, te preguntaras qué tan lejos podrías llegar si dejaras de frenarte? No tengas miedo de brillar; el mundo necesita desesperadamente tu luz.
