A veces, la vida se siente como una lista interminable de tareas por completar. Nos enfocamos tanto en llegar a la meta, en pagar las cuentas o en cumplir con las expectativas de los demás, que olvidamos mirar a nuestro alrededor. La hermosa frase de Diane Ackerman nos invita a detenernos y reflexionar sobre el peligro de simplemente existir sin sentir asombro. Vivir no es solo sumar días al calendario, sino llenar cada uno de esos días con la capacidad de maravillarnos por lo pequeño y lo inesperado.
El asombro no requiere de grandes viajes ni de eventos extraordinarios. Se encuentra en la forma en que la luz del sol atraviesa las hojas de un árbol por la mañana o en el sabor de un café caliente en una tarde lluviosa. Cuando perdemos la capacidad de asombro, nuestra vida se vuelve gris y mecánica. Nos convertimos en pasajeros de nuestra propia historia, viendo pasar el paisaje sin detenernos a apreciar la belleza de los detalles que nos mantienen vivos.
Recuerdo una vez que me sentía muy abrumada con mis propios pensamientos. Estaba tan concentrada en mis preocupaciones que no me di cuenta de que un pequeño colibrí había decidido descansar en mi ventana. Me quedé congelada, observando el movimiento frenético de sus alas y el brillo de sus plumas. En ese instante, mis problemas no desaparecieron, pero se volvieron pequeños ante la maravilla de la vida que palpitaba frente a mis ojos. Ese pequeño encuentro me recordó que el mundo sigue siendo un lugar mágico si tan solo nos permitimos observar.
Como tu amiga BibiDuck, quiero recordarte que no permitas que la rutina te robe la magia. No esperes a que ocurra algo gigante para sentirte vivo. Hoy, te invito a que busques un pequeño momento de asombro. Puede ser observar el cielo, escuchar tu canción favorita o simplemente sentir tu respiración. No dejes que tu vida sea solo una sucesión de días; haz que sea una colección de momentos asombrosos.
