A veces, la vida nos presenta muros tan altos que parece imposible saltarlos. Nos quedamos mirando la cima, frustrados por nuestra falta de fuerza o de recursos, y sin darnos cuenta, dejamos de caminar. La frase de John Wooden nos invita a cambiar el enfoque. No se trata de ignorar nuestras limitaciones, sino de decidir no permitir que ellas dicten nuestro movimiento. Es un llamado a honrar lo que sí está en nuestras manos, por pequeño que parezca, en lugar de paralizarnos por lo que nos falta.
En el día a día, esto sucede de formas muy sutiles. Quizás quieres aprender un nuevo idioma pero te frustra no entender la gramática compleja, o tal vez deseas mejorar tu salud pero te desanima no tener una hora libre para el gimnasio. En esos momentos, nuestra mente se obsesiona con la brecha entre donde estamos y donde queremos estar. Nos enfocamos tanto en la puerta cerrada que olvidamos que hay muchas ventanas abiertas esperando a que las miremos con atención.
Recuerdo una vez que yo misma me sentía abrumada por un proyecto enorme. Sentía que no tenía todas las herramientas necesarias y que el resultado final sería un fracaso. Estaba sentada en mi rincón favorito, mirando una lista de tareas imposibles, cuando me di cuenta de que estaba ignorando algo muy simple: podía empezar escribiendo solo un párrafo. Al centrarme en ese pequeño paso que sí estaba bajo mi control, el miedo empezó a disiparse. No necesitaba resolver todo el rompecabezas hoy, solo necesitaba mover una pieza.
Cada vez que te sientas bloqueado, intenta hacer una pausa y respira profundo. Hazte una pregunta sencilla: ¿Qué es lo más pequeño que sí puedo hacer en este momento? Puede ser una llamada, organizar un cajón o simplemente descansar para recuperar energías. No subestimes el poder de los pequeños avances. Al enfocarte en tus capacidades actuales, estás construyendo el puente que te llevará hacia aquello que hoy te parece inalcanzable. Te animo a que hoy elijas una sola cosa pequeña y le des todo tu corazón.
