A veces me detengo a pensar en lo que Jane Austen quería decir con estas palabras tan fuertes, pero también tan llenas de luz. Cuando ella habla de la importancia de disfrutar de una buena novela, no se refiere solo al acto de leer, sino a la capacidad de permitir que nuestra imaginación vuele. Para mí, una buena historia es una ventana abierta a mundos que no conocíamos y a emociones que quizás habíamos olvidado cómo sentir. Perderse en las páginas de un libro es, en esencia, mantener viva la chispa de la curiosidad y la capacidad de asombro ante la vida.
En nuestro día a día, solemos caer en la rutina de lo práctico y lo urgente. Nos enfocamos tanto en las listas de tareas, los correos electrónicos y las responsabilidades que terminamos por cerrar las puertas de nuestra propia maravilla. La vida se vuelve gris, mecánica, como si estuviéramos operando en modo automático sin notar la magia que hay en los pequeños detalles. Olvidamos que la capacidad de conmoverse con una trama o con la vida de un personaje es lo que nos mantiene humanos y conectados con nuestra propia sensibilidad.
Recuerdo una tarde en la que me sentía especialmente agotada, con la mente llena de ruidos y preocupaciones. No encontraba consuelo en nada, hasta que decidí abrir ese libro que llevaba meses guardado en mi estantería. Al principio, mi mente intentaba volver a mis problemas, pero poco a poco, las palabras empezaron a tejer un refugio. De repente, ya no estaba en mi sofá preocupada por el mañana, sino caminando por un bosque encantado junto a los protagonistas. Ese pequeño escape me devolvió la capacidad de sentir asombro y me recordó que mi mundo interior es un lugar vasto y hermoso.
No hace falta que sea una novela épica; puede ser un cuento corto o incluso una historia que alguien te cuenta con el corazón. Lo importante es no permitir que la lógica fría apague nuestra capacidad de maravillarnos. La inteligencia no reside solo en resolver problemas, sino en la profundidad con la que podemos apreciar la belleza y la ficción como espejos de la realidad.
Hoy te invito a que busques ese pequeño refugio de asombro. Tal vez sea retomar una lectura pendiente, o quizás sea simplemente observar el atardecer con la misma atención con la que leerías el capítulo más emocionante. No dejes que tu capacidad de asombro se marchite; permite que las historias te vuelvan a enseñar a mirar el mundo con ojos nuevos.
