A veces, la vida nos hace sentir que tenemos que cargar con todo el peso del mundo sobre nuestros hombros. Nos levantamos cada mañana con una lista interminable de preocupaciones, intentando empujar cada situación, cada problema y cada duda con todas nuestras fuerzas, como si estuviéramos tratando de mover un río estancado con nuestras propias manos. La frase de Richard Rohr nos invita a soltar esa resistencia y a entender que la fe no se trata de crear el movimiento, sino de aprender a confiar en que la corriente ya está fluyendo, incluso cuando no podemos verla bajo la superficie.
En nuestro día a día, es muy fácil caer en la trampa de la hipervigilancia. Pensamos que si dejamos de preocuparnos por un segundo, todo se desmoronará. Nos obsesionamos con el control, creyendo que nuestra ansiedad es el motor que mantiene las cosas en marcha. Pero la verdad es que esa lucha constante solo nos agota el alma. La verdadera fe es ese suspiro de alivio que nos permite reconocer que hay un orden mayor, una fuerza vital que nos sostiene y que sigue su curso sin necesidad de nuestra angustia constante.
Recuerdo una vez que me sentía completamente perdida, como si estuviera remando contra una corriente feroz en medio de una tormenta. Intentaba planificar cada detalle de mi futuro con una precisión casi desesperada, y cada vez que algo no salía como esperaba, sentía que fracasaba. Fue entonces cuando comprendí que no necesitaba empujar más fuerte, sino simplemente dejarme llevar. Al principio dio miedo, pero al soltar el remo y confiar en el fluir de la vida, descubrí que la corriente me estaba llevando hacia orillas mucho más hermosas y tranquilas de lo que yo jamás habría podido diseñar por mi cuenta.
Como tu amiga BibiDuck, quiero recordarte que no tienes que ser el motor de todo lo que sucede. Está bien descansar, está bien confiar y está bien admitir que no tienes todas las respuestas. La corriente de la vida tiene su propia sabiduría y su propio ritmo. Hoy, te invito a que cierres los ojos por un momento, respires profundo y dejes de luchar contra lo inevitable. Pregúntate: ¿qué pasaría si hoy decidiera confiar en que todo está fluyendo exactamente como debe ser?
