“La fe es el estado de preocuparse profundamente por lo que es verdaderamente último”
La fe dirige nuestra preocupación más profunda hacia lo que verdaderamente importa.
A veces, cuando escuchamos la palabra fe, nuestra mente vuela de inmediato hacia grandes milagros o convicciones religiosas inquebrantables. Pero la hermosa frase de Paul Tillich nos invita a mirar hacia otro lugar, mucho más cerca de nuestro corazón cotidiano. Él nos dice que la fe es ese estado de estar profundamente preocupados por lo que es verdaderamente trascendental. No se trata solo de creer en lo invisible, sino de decidir qué es lo que realmente importa en nuestra vida, qué es lo que le da sentido a nuestro despertar cada mañana y qué valores elegimos proteger por encima de todo lo demás.
En el ajetreo de la vida diaria, es muy fácil perdernos en lo superficial. Nos preocupamos por el tráfico, por un correo electrónico mal redactado o por lo que otros piensen de nosotros. Esas son preocupaciones válidas, pero no son lo que nos define. La fe, en este sentido, es ese ancla que nos recuerda volver a lo esencial. Es la brújula que nos señala que, más allá de las pequeñas tormentas del día, existe algo más grande, algo que sostiene nuestra existencia y nos da un propósito que trasciende lo material.
Recuerdo una vez que me sentía muy abrumada por pequeñas tareas que parecían montañas imposibles de escalar. Estaba tan centrada en el estrés de los pendientes que olvidé lo que realmente valoraba: la paz y la conexión con los demás. Un día, mientras observaba una pequeña flor creciendo entre las grietas del pavimento, comprendí que mi fe no necesitaba ser un concepto teológico complejo, sino simplemente la decisión de valorar la belleza y la resiliencia. Al cambiar mi enfoque de los problemas hacia lo que es verdaderamente importante, mi perspectiva cambió por completo.
Todos pasamos por momentos donde nos sentimos desconectados de nuestro propósito. Es normal sentir que nos perdemos en el ruido del mundo. Sin embargo, la invitación hoy es a hacer una pausa y preguntarnos qué es lo que realmente nos importa. ¿Es la bondad? ¿Es el amor? ¿Es la búsqueda de la verdad? Cuando empezamos a dedicar nuestra energía a aquello que es verdaderamente último, la vida empieza a cobrar un color mucho más brillante y profundo.
Te invito a que hoy, en un momento de silencio, reflexiones sobre tus propias preocupaciones. Intenta separar lo urgente de lo importante. Pregúntate con mucha ternura: ¿Qué es aquello que, si lo tuviera, haría que todo lo demás valiera la pena? Deja que tu atención descanse en lo esencial, y verás cómo tu fe se fortalece de una manera natural y serena.
