A veces, el miedo al fracaso se siente como una sombra pesada que nos impide dar el primer paso. La frase de Theodore Roosevelt nos recuerda una verdad muy profunda: aunque el tropiezo duele y nos deja el corazón un poco magullado, el vacío que deja el no haberlo intentado es mucho más difícil de sanar. El fracaso es una señal de que estuviste en la arena, de que te atreviste a jugar, mientras que el arrepentimiento es un silencio que se queda con nosotros para siempre.
En nuestra vida cotidiana, esto se traduce en esas pequeñas decisiones que dejamos pasar por miedo al qué dirán o al error. Puede ser inscribirse en un curso de pintura, proponer una idea nueva en el trabajo o incluso decirle a alguien lo mucho que lo queremos. Nos quedamos en nuestra zona de confort, creyendo que así estamos a salvo, pero la realidad es que esa seguridad es una jaula dorada que nos impide crecer y descubrir de qué somos capaces realmente.
Recuerdo una vez que yo misma, con mi corazón de patito, sentía pánico antes de intentar escribir algo nuevo. Tenía miedo de que mis palabras no fueran lo suficientemente bonitas o que nadie las entendiera. Me quedé callada durante mucho tiempo, protegida en mi silencio. Pero un día comprendí que si no me lanzaba, nunca sabría si mi voz podía tocar el corazón de alguien. Al final, los errores que cometí en el camino fueron mis mejores maestros, enseñándome que cada error es solo un peldaño más hacia la versión de mí que quiero ser.
No te pido que busques el fracaso, pero sí que le pierdas el miedo. Permítete ser un principiante, permítete equivocarte y, sobre todo, permítete sentir la emoción de la lucha. No dejes que la posibilidad de un error te robe la oportunidad de vivir una gran aventura.
Hoy te invito a que pienses en eso que has estado postergando por temor. ¿Qué pasaría si hoy decides dar ese pequeño paso, sin importar el resultado? Solo intenta, porque el simple hecho de intentarlo ya es una victoria que nadie te puede quitar.
