A veces, las palabras de Hannah Arendt pueden parecer un poco frías o incluso cínicas, pero si las miramos con un corazón abierto, revelan una verdad muy humana sobre nuestra necesidad de estabilidad. Esta frase nos habla de cómo el deseo de cambiar el mundo suele estar impulsado por una pasión ardiente por la justicia, pero una vez que logramos alcanzar esa nueva cima, nuestro instinto natural es proteger lo que tanto nos costó construir. No es que perdamos nuestra esencia, es que el miedo a perder la paz que recién hemos ganado nos vuelve protectores de lo establecido.
En nuestra vida cotidiana, esto sucede mucho más de lo que imaginamos. Piensa en ese momento en que decides finalmente cambiar tus hábitos, quizás empezar a cuidar tu salud o limpiar ese rincón de tu casa que siempre te genera estrés. Al principio, eres un revolucionario de tu propio bienestar, lleno de energía y promesas de un nuevo yo. Pero una vez que logras establecer esa nueva rutina y sientes la comodidad de la estabilidad, es muy común que aparezca un pequeño miedo a romper ese nuevo equilibrio. De repente, te vuelas protector de tus viejos hábitos de comodidad, convirtiéndote en el conservador de tu propio orden recién encontrado.
Recuerdo una vez que yo misma, en mis pequeños pensamientos de patito, intentaba reorganizar todo mi jardín de pensamientos para que fuera más alegre. Estaba tan emocionada con la idea de la transformación que no veía que, al lograr un poco de calma, mi mayor deseo era que nada volviera a perturbar esa quietud. Me volví guardiana de mi propia paz, casi con miedo de que cualquier nueva idea pudiera desestabilizar mi nuevo refugio. Es una lucha constante entre la chispa del cambio y el abrazo de la seguridad.
Entender esto no significa que debamos dejar de soñar o de luchar por lo que creemos correcto. Al contrario, nos ayuda a ser más conscientes de nuestras propias resistencias. La próxima vez que sientas que te aferras con fuerza a algo que ya no te hace crecer, detente un momento y respira. Pregúntate si estás protegiendo algo valioso o si simplemente estás intentando evitar el esfuerzo que requiere una nueva transformación. Permítete ser revolucionario de vez en cuando, incluso cuando ya hayas encontrado tu hogar.
