La libertad natural se pierde en las estructuras sociales.
A veces, al leer esta frase de Rousseau, siento un pequeño escalofrío en mis plumas. Decir que el hombre nace libre pero vive encadenado suena muy pesado, casi como si estuviéramos atrapados en una jaula invisible desde el primer día. Pero si lo miramos con calma, estas cadenas no siempre son de hierro o acero. A menudo, son las expectativas de los demás, el miedo al qué dirán o las rutinas que nos roban el alma sin que nos demos cuenta. Es esa sensación de que nuestra verdadera esencia está escondida bajo capas de obligaciones y miedos.
En nuestro día a día, estas cadenas se disfrazan de cosas muy comunes. Es ese trabajo que odias pero que mantienes por seguridad, o esa necesidad de encajar en un grupo social que te obliga a silenciar tu propia voz. Nos acostumbramos tanto a los límites que olvidamos que alguna vez fuimos dueños absolutos de nuestros deseos. Vivimos cumpliendo guiones escritos por otros, olvidando que la libertad no es solo poder caminar por donde queramos, sino tener el valor de ser quienes realmente somos, sin pedir permiso.
Recuerdo una vez que me sentía muy abrumada por las expectativas de todos a mi alrededor. Sentía que cada decisión que tomaba debía ser aprobada por el resto del mundo, como si llevara una mochila llena de piedras que no me pertenecían. Estaba tan concentrada en no decepcionar a nadie que me olvidé de preguntarme qué quería yo. Fue un proceso lento, pero aprendí que romper esas cadenas no significa causar un caos, sino empezar a elegir mis propios pasos, aunque sean pequeños y torpes al principio.
No te pido que cambies tu vida entera de la noche a la mañana, porque sé que eso puede dar mucho miedo. Solo te invito a que hoy te detengas un momento y observes tus manos. ¿Qué cosas estás sosteniendo que ya no te pertenecen? ¿Qué pequeñas cadenas podrías empezar a aflojar hoy mismo? A veces, la libertad comienza con un simple suspiro de honestidad contigo mismo.
