A veces, las palabras que elegimos para nombrar lo que amamos tienen el poder de moldear la realidad misma. Cuando Warsan Shire nos habla de dar nombres difíciles a nuestras hijas, no se refiere a causarles una carga, sino a dotarlas de una identidad que requiera presencia, esfuerzo y una voz que no se pueda ignorar. Un nombre que exige el uso completo de la lengua es un nombre que no permite el silencio, que obliga a pronunciar cada sílota con intención y que reclama un lugar en el mundo. Nombrar es, en su esencia más pura, un acto de sanación porque reconoce la complejidad de existir.
En nuestra vida cotidiana, solemos buscar lo fácil, lo fluido, lo que no cause fricción. Queremos que todo sea suave y sin esfuerzo. Pero la verdadera fortaleza no reside en la ausencia de dificultad, sino en la capacidad de navegarla. Imagina por un momento a una pequeña niña que lleva un nombre con sonidos profundos y complejos. Al aprender a pronunciarlo, está aprendiendo que su identidad requiere atención. No es algo que se pueda decir de pasada mientras se mira hacia otro lado; es algo que te obliga a detenerte, a respirar y a dedicarle tu atención completa. Esa es la magia de lo que es difícil: nos obliga a estar presentes.
Recuerdo una vez que ayudaba a una amiga a elegir el nombre para su bebé. Ella quería algo extremadamente simple, algo que nadie pudiera pronunciar mal. Sin embargo, sentía una conexión especial con un nombre antiguo, lleno de consonantes fuertes y una cadencia casi épica. Al final, eligió ese nombre complejo. Meses después, la veía pronunciarlo con un orgullo que casi parecía un pequeño ritual sagrado. Cada vez que llamaba a su hija, su voz cobraba una autoridad y una ternura que no existía con un nombre más ligero. Ese nombre le daba a su hija una presencia que llenaba la habitación incluso antes de que ella empezara a hablar.
Como tu amiga BibiDuck, siempre te diré que no temas a las complejidades de la vida o de tu propia identidad. No busques siempre el camino de menor resistencia, porque es en la textura de lo difícil donde encontramos nuestra verdadera esencia. A veces, las cosas que nos cuestan más trabajo pronunciar o entender son precisamente las que más nos ayudan a sanar y a reconocernos.
Hoy te invito a reflexionar sobre qué partes de tu propia historia estás intentando simplificar demasiado. ¿Hay algo en tu vida que, aunque sea difícil de nombrar o enfrentar, merece que uses toda tu voz para reconocerlo? No tengas miedo de la complejidad; ahí es donde reside tu verdadera fuerza.
