A veces, nos esforzamos tanto por ser fuertes y valientes que terminamos construyendo una armadura que nos aísla del mundo. La frase de Mary Shelley nos invita a reflexionar sobre una distinción vital: la diferencia entre la fuerza que nos protege y la capacidad de asombro que nos permite florecer. Ser valiente es necesario para enfrentar los desafíos, pero la verdadera esencia de la vida no reside en la ausencia de miedo, sino en la capacidad de dejarnos conmover por la belleza de lo inesperado.
En nuestra rutina diaria, es muy fácil caer en el modo de supervivencia. Nos enfocamos en cumplir metas, en ser productivos y en mostrar una imagen de invulnerabilidad. Nos volvemos poderosos en nuestras decisiones y seguros en nuestros pasos, pero en ese proceso de volverse 'temibles' o inquebrantables, corremos el riesgo de volvernos ciegos. La fuerza nos da control, pero el asombro nos devuelve la conexión con todo lo que nos rodea.
Recuerdo una tarde en la que yo, con mi pequeño corazón de patito, me sentía muy orgullosa de haber terminado todas mis tareas pendientes. Me sentía poderosa, como si nada pudiera moverme de mi centro. Sin embargo, me sentía extrañamente vacía. Fue cuando me detuve a observar cómo la luz del atardecer atravesaba las gotas de rocío en una hoja, creando pequeños arcoíris, que algo cambió en mí. Ese instante de asombro, esa pequeña chispa de maravilla, me recordó que no estoy aquí solo para conquistar tareas, sino para experimentar la magia de existir.
No permitas que tu fortaleza se convierta en una muralla que te impida sentir. La verdadera potencia no está en ser una roca inamovible, sino en ser un alma capaz de emocionarse con el vuelo de una mariposa o el aroma del café por la mañana. La valentía te permite avanzar, pero el asombro es lo que hace que el viaje valga la pena ser recorrido.
Hoy te invito a que busques un pequeño momento de maravilla. No busques grandes milagros, busca lo pequeño, lo sutil y lo inesperado. ¿Qué cosa te ha hecho sonreír hoy sin que te dieras cuenta?
