“Cuando practicamos generar compasión, podemos esperar experimentar nuestro miedo al dolor”
Practicar la compasión significa enfrentar nuestros propios miedos con valentía.
A veces, la idea de la compasión nos suena como algo suave y lejano, algo que solo hacemos cuando todo va bien. Pero las palabras de Pema Chodron nos invitan a mirar hacia un lugar mucho más profundo y, admitámoslo, un poco aterrador. Ella nos dice que al practicar la compasión, lo que realmente sucede es que empezamos a enfrentar nuestro miedo al dolor. No es que el dolor desaparezca mágicamente, sino que dejamos de huir de él. La compasión se convierte en el puente que nos permite caminar hacia aquello que nos asusta, transformando el miedo en una oportunidad para conectar con nuestra propia humanidad.
En el día a día, esto se traduce en esos momentos en los que sentimos una punzada de tristeza o una ansiedad que nos pide salir corriendo. Es muy fácil intentar distraernos con el teléfono, con el trabajo o con comida, solo para no sentir ese vacío. Sin embargo, cuando intentamos ser compasivos con nosotros mismos, lo que estamos haciendo es sentarnos a la mesa con ese dolor. Es como cuando un amigo está llorando; no le pides que deje de sentir, simplemente te quedas ahí, en silencio, ofreciéndole tu presencia. Hacer eso con nuestro propio corazón es el acto de valentía más grande que existe.
Recuerdo una tarde en la que yo, tu pequeña amiga BibiDuck, me sentía muy abrumada por un error que había cometido. Mi primer impulso fue esconderme bajo mis alas y fingir que nada pasaba, sintiendo mucha vergüenza. Pero decidí intentar lo que dice la cita. En lugar de juzgarme, me dije a mí misma: 'Está bien sentirte así, es parte de aprender'. Al dejar de luchar contra la sensación de fracaso y abrazarla con amabilidad, el miedo empezó a perder su fuerza. El dolor seguía ahí, pero ya no me dominaba, porque ya no era un enemigo al que debía evitar.
La compasión no es una técnica para eliminar el sufrimiento, sino una herramienta para aprender a sostenerlo sin rompernos. Es aprender a mirar nuestras heridas con la misma ternura con la que cuidaríamos a un pequeño polluelo herido. Al hacerlo, descubrimos que el dolor no tiene por qué ser un muro que nos separa del mundo, sino una puerta que nos permite conectar con los demás de una manera mucho más auténtica y profunda.
Hoy te invito a que, cuando sientas que una emoción difícil aparece, no intentes cerrarle la puerta. Respira profundo y trata de ofrecerte un poco de esa calidez que tanto te gusta recibir de los demás. ¿Qué pasaría si hoy, en lugar de huir de tu miedo, simplemente le dieras un abrazo?
