A veces, la vida se siente como una carrera interminable donde parece que todos los demás ya han llegado a la meta, mientras nosotros seguimos intentando amarrarnos los cordones. La hermosa frase de San Francisco de Sales nos invita a detenernos y recordar que la paciencia no es solo una virtud para esperar que el café se enfríe o que el tráfico avance, sino una forma de amor propio. Tener paciencia con todas las cosas es un reto, pero ser pacientes con nuestro propio proceso de crecimiento es, quizás, la lección más difícil y necesaria que podemos aprender.
En nuestro día a día, solemos ser nuestros críticos más feroces. Si cometemos un error en el trabajo, nos castigamos con pensamientos negativos durante horas. Si no logramos mantener nuestra rutina de ejercicio, nos sentimos fracasados. Nos exigimos resultados inmediatos, olvidando que las flores más hermosas no florecen de la noche a la mañana. Nos olvidamos de que somos seres en constante evolución, con días de luz y días de sombra, y que ambos son parte del mismo paisaje.
Recuerdo una vez que me sentía muy frustrada porque sentía que no estaba avanzando en mis propios proyectos creativos. Me sentía estancada, como si estuviera caminando en el lodo. Estaba tan ocupada juzgando mi falta de progreso que no me daba cuenta de que estaba agotando mi propia energía vital. Fue entonces cuando comprendí que estaba siendo muy paciente con mis planes, pero muy impaciente con mi corazón. Empecé a tratarme con la misma ternura con la que trataría a un pequeño pollito que está aprendiendo a caminar por primera vez.
Como tu amiga BibiDuck, quiero decirte que está bien no tener todas las respuestas hoy. Está bien si tu progreso es lento o si hoy solo lograste levantarte de la cama. No te presiones para ser una versión perfecta de ti misma cuando todavía estás aprendiendo a ser tú. La verdadera transformación ocurre cuando dejamos de pelear contra nuestro propio ritmo y empezamos a caminar a nuestro lado, con compasión y calma.
Hoy te invito a que hagas una pequeña pausa. Cierra los ojos por un momento y piensa en algo que te esté causando ansiedad. Ahora, intenta hablarte a ti misma como le hablarías a alguien que amas profundamente. ¿Podrías regalarte un poco de esa paciencia que tanto le ofreces al mundo? Te lo mereces.
