A veces, nos aferramos con tanta fuerza a nuestras respuestas, a nuestra lógica y a ese deseo de tener siempre el control, que nos olvidamos de lo hermoso que es simplemente no saber. La frase de Rumi nos invita a un intercambio muy profundo: dejar de lado esa astucia que nos hace creer que podemos descifrarlo todo, para abrazar el asombro de la incertidumbre. Cuando dejamos de intentar entender cada detalle del camino, permitimos que algo mucho más grande, la fe, empiece a florecer en nuestro corazón.
En el día a día, esto se traduce en esos momentos en los que los planes se desmoronan o cuando nos enfrentamos a un cambio inesperado que nos deja sin palabras. Solemos reaccionar con ansiedad, tratando de usar nuestra inteligencia para arreglar lo que parece roto. Pero, ¿qué pasaría si en lugar de buscar una solución lógica inmediata, nos permitiéramos sentir la maravilla de lo desconocido? La verdadera magia no ocurre cuando tenemos todas las respuestas, sino cuando aceptamos que no las tenemos y confiamos en el proceso de la vida.
Recuerdo una vez que yo misma, con mi pequeño corazón de patito, intentaba planificar cada detalle de un nuevo proyecto, sintiéndome muy orgullosa de mi capacidad de organización. Cuando algo salió mal y mi lógica no pudo arreglarlo, me sentí perdida y asustada. Fue solo cuando dejé de luchar contra la confusión y acepté que no entendía el porqué de ese tropiezo, que empecé a ver nuevas oportunidades que mi mente cerrada no me permitía ver. En ese estado de desconcierto, encontré una nueva forma de confiar en que todo estaría bien.
No te sientas mal si hoy te sientes confundido o si no ves la salida a un problema. Ese sentimiento de asombro y duda es el terreno fértil donde la confianza crece. No necesitas ser el más listo de la sala, solo necesitas estar dispuesto a asombrarte de nuevo. Te invito a que hoy, cuando sientas que la incertidumbre te rodea, respires profundo y le des una oportunidad a esa pequeña semilla de fe para que comience a brotar en tu interior.
