A veces, cuando las cosas no salen como las habíamos planeado, nuestra primera reacción es sentir una profunda decepción hacia nosotros mismos. Tendemos a etiquetar cada tropiezo como un error garrafal o una falta de capacidad. Sin embargo, las palabras de B.F. Skinner nos invitan a mirar más allá de la superficie. Nos sugieren que lo que llamamos fracaso podría no ser una equivocación de juicio, sino simplemente el resultado más honesto y valiente que pudimos alcanzar dadas las herramientas, la energía y las circunstancias que teníamos en ese momento preciso.
En el día a día, esto cambia por completo la forma en que nos tratamos. Vivimos en un mundo que exige perfección constante, pero la realidad es que no siempre tenemos el control de todas las variables. Hay días en los que nuestra salud, nuestras emociones o los imprevistos externos dictan nuestro ritmo. En esos momentos, intentar dar un salto gigante cuando apenas podemos caminar no es un error, es una lucha digna. Reconocer que hicimos lo mejor que pudimos con lo que teníamos es el primer paso para sanar la culpa que el fracaso suele traer consigo.
Recuerdo una vez que intenté organizar un pequeño evento para mis amigos, algo que me hacía mucha ilusión. Pasé semanas planeándolo, pero justo ese día, una tormenta inesperada y un pequeño contratiempo de logística hicieron que todo fuera mucho más caótico de lo esperado. Al final, el evento no fue el éxito brillante que imaginé; fue un desorden de risas nerviosas y planes improvisados. Durante horas me sentí mal, pensando que había fallado. Pero luego me di cuenta de que, con el clima y los imprevistos, esa fue la versión más completa y amorosa que pude ofrecer en ese instante. No fue un error, fue mi máximo esfuerzo bajo la lluvia.
Por eso, la próxima vez que sientas ese peso en el pecho porque algo no salió perfecto, detente un segundo y respira. No seas tan duro contigo mismo. Pregúntate con ternura si realmente hubo un error de intención o si simplemente estabas navegando por aguas turbulentas con la mejor voluntad posible. Date permiso para aceptar tu humanidad. Te invito a que hoy, al cerrar los ojos, te des un abrazo de gratitud por haberlo intentado, sin importar el resultado final.
