A veces, la vida nos presenta momentos de tanta incertidumbre que el miedo parece ser lo único que podemos sentir. La hermosa frase de Khalil Gibran nos invita a mirar el miedo a lo desconocido no como un final trágico, sino como un temblor sagrado. Él nos compara con un pastor que tiembla ante la presencia de un rey, no por terror al castigo, sino por el peso de la grandeza y el honor que está a punto de recibir. Es una forma preciosa de decirnos que lo que nos asusta suele ser la puerta hacia una transformación profunda y necesaria.
En nuestro día a día, este miedo se manifiesta de formas muy sutiles. Puede ser ese nudo en el estómago antes de empezar un nuevo proyecto, la ansiedad que sentimos al dejar una zona de confort o la tristeza que acompaña a los grandes cambios. Solemos ver estos temblores como señales de debilidad, cuando en realidad son señales de que estamos frente a algo que nos trasciende. Es ese respeto reverente ante la magnitud de nuestra propia evolución, un reconocimiento de que algo grande está por suceder en nuestra alma.
Recuerdo una vez que yo misma, en mis días de aprendiz, me sentía pequeña y asustada ante la idea de compartir mis pensamientos con el mundo. Sentía que mis palabras no tenían peso y que el juicio de los demás sería como una sombra inevitable. Pero, al reflexionar sobre esta cita, comprendí que ese temblor no era miedo al fracaso, sino el respeto ante la responsabilidad de ser honesta y vulnerable. Al igual que el pastor, mi nerviosismo era en realidad la emoción de estar siendo llamada a servir con mi propia voz.
No te pido que dejes de sentir miedo, porque el miedo es parte de nuestra humanidad. Lo que te invito es a cambiar la narrativa de ese temblor. La próxima vez que sientas que tus manos tiemblan ante un desafío o un cambio inevitable, intenta respirar profundo y pregúntate qué honor o qué aprendizaje está intentando entregarte la vida a través de este momento. Mira ese miedo como el preludio de una corona que está por ser puesta sobre tu cabeza.
Hoy, te animo a que observes tus ansiedades con mucha ternura. No las combatas con dureza, solo intenta reconocer si ese temblor es, en el fondo, una señal de que estás a punto de encontrarte con tu propia grandeza.
