A veces, en el silencio de la noche, nos invade una sensación extraña, como un vacío que no podemos explicar. Es esa nostalgia por algo que no tiene nombre, una búsqueda de algo que no sabemos si existe. La frase de Alan Lightman nos recuerda que esa soledad no es un error del destino, sino una invitación. No estamos perdidos, simplemente estamos en el proceso de descubrir qué es aquello que nuestra alma anhela profundamente.
En el día a día, solemos intentar llenar ese vacío con ruido, con tareas interminables o con el brillo de las pantallas. Pero la verdadera magia ocurre cuando dejamos de huir de esa sensación y empezamos a observar con curiosidad. Cuando permitimos que el asombro entre en nuestra rutina, ese sentimiento de soledad deja de ser un peso para convertirse en un puente. El asombro es la chispa que nos conecta con lo desconocido y nos guía hacia nuestra propia esencia.
Recuerdo una tarde en la que yo, tu pequeña amiga BibiDuck, me sentía especialmente pequeña ante la inmensidad del cielo estrellado. Me sentía sola, como si el universo fuera demasiado grande para mis alitas. Pero en lugar de cerrar las ventanas, decidí quedarme allí, contemplando la luz de las estrellas lejanas. Al permitirme sentir asombro por la complejidad de un simple destello, esa soledad se transformó en una conexión profunda con todo lo que me rodea. Ya no me sentía sola, me sentía parte de algo maravilloso.
Todos tenemos momentos así, donde nos sentimos desconectados. La clave no es encontrar respuestas inmediatas, sino mantener viva la capacidad de maravillarnos por las pequeñas cosas: el aroma del café por la mañana, la textura de una hoja o la luz del atardecer. Es en ese asombro donde empezamos a nombrar aquello que tanto buscamos.
Hoy te invito a que no temas a ese vacío que sientes a veces. En lugar de intentar llenarlo con prisa, intenta mirarlo con ternura. Pregúntate qué pequeña maravilla podrías descubrir hoy que te ayude a sentirte un poquito más cerca de ese misterio que tanto te atrae.
