A veces me detengo a pensar en lo que Pablo Picasso quiso decir con esta frase tan profunda. Cuando somos pequeños, el mundo no es solo un lugar donde vivimos, sino un lienzo infinito de posibilidades. Para un niño, una caja de cartón puede ser un castillo real y un charco de lluvia es un océano entero por explorar. No tenemos miedo a equivocarnos, no nos importa si el trazo es torcido o si el color no es el perfecto. Simplemente creamos porque el acto de crear nos hace sentir vivos. El verdadero desafío, ese que nos presenta la vida, no es aprender a pintar, sino aprender a no perder esa chisita de asombro mientras nos llenamos de responsabilidades y preocupaciones adultas.
En nuestra vida diaria, solemos caer en la trampa de la eficiencia y la lógica. Nos convertimos en expertos en cumplir horarios, en pagar cuentas y en seguir reglas estrictas. Poco a poco, esa mirada curiosa se va nublando bajo una capa de seriedad. Empezamos a juzgar nuestras propias ideas antes de que siquiera nazcan, temiendo que sean ridículas o improductivas. Nos olvidamos de que la creatividad no solo vive en los pinceles o en la música, sino en la forma en que miramos un atardecer o en cómo encontramos una solución inesperada a un problema cotidiano. Ser un artista es, en esencia, mantener abierta la ventana de la imaginación.
Recuerdo una tarde en la que me sentía especialmente abrumada por la rutina. Estaba revisando una lista interminable de tareas pendientes y sentía que mi mundo se había vuelto gris y cuadrado. De repente, vi a un pequeño niño en el parque intentando dibujar una flor con una tiza blanca sobre el asfalto. No le importaba que el viento soplara o que alguien pudiera pasar y borrar su obra. Estaba totalmente absorto, concentrado en la belleza de ese pequeño trazo. En ese momento, algo dentro de mí se conmovió. Me di cuenta de que yo había dejado de mirar los detalles pequeños por estar demasiado ocupada mirando el reloj.
Yo, como tu amiga BibiDuck, siempre trato de recordar que no necesitamos ser maestros de la pintura para conservar nuestro espíritu artístico. Podemos ser artistas cuando cocinamos una receta nueva con alegría, cuando decoramos nuestro escritorio con algo que nos haga sonreír o cuando nos permitimos un momento de juego sin culpa. La madurez no debería ser sinónimo de rigidez, sino de una sabiduría que sabe abrazar la espontaneidad.
Hoy te invito a que busques un pequeño espacio de creatividad en tu día. No tiene que ser una obra maestra; basta con que sea algo que nazca de tu curiosidad. ¿Qué pasaría si hoy te permitieras mirar tu rutina con ojos de niño? Intenta encontrar un color nuevo en lo cotidiano y permítete jugar un poco con la vida.
