A veces, la vida nos pone frente a un abismo que parece no tener fin. Esa frase de Kurt Vonnegut me llega al corazón porque describe perfectamente esa sensación de vértigo que sentimos cuando debemos tomar una decisión importante sin tener todas las respuestas. Saltar al vacío suena aterrador, pero la magia no ocurre mientras estamos en la orilla, sintiéndonos seguros, sino en ese preciso instante en que nos lanzamos y empezamos a descubrir que somos capaces de volar.
En nuestro día a día, esto no siempre se traduce en grandes saltos acrobáticos. A menudo, saltar de un acantilado significa aceptar un nuevo empleo, iniciar una conversación difícil con alguien que amamos o intentar un pasatiempo en el que nos sentimos torpes. Es ese momento de incertidumbre donde el suelo desaparece bajo nuestros pies y lo único que nos queda es nuestra propia capacidad de reacción. Es en la caída, en el movimiento y en la lucha por mantener el equilibrio, donde realmente empezamos a fortalecer nuestros músculos y a entender de qué estamos hechos.
Recuerdo una vez que yo misma sentí que me caía. Estaba intentando aprender algo completamente nuevo y el miedo a fracasar era tan grande que me quedaba paralizada en la orilla, mirando el vacío. No quería cometer errores, no quería que nadie viera mi torpeza. Pero me di cuenta de que, si no saltaba, nunca sabría si mis alas eran lo suficientemente fuertes. Al lanzarme, con todo el miedo del mundo, empecé a entender que el error no era el final, sino el proceso necesario para aprender a planear.
No esperes a tener un plan perfecto o a sentirte totalmente valiente para dar ese paso. La valentía no es la ausencia de miedo, sino la decisión de seguir moviéndote mientras caes. Tus alas se están creando en este mismo instante, con cada pequeño esfuerzo y cada intento por entender el viento. Así que, la próxima vez que sientas ese vacío bajo tus pies, respira profundo y confía en tu proceso. ¿Qué pequeño salto podrías dar hoy, aunque sientas que aún no tienes las alas listas?
