“Si tu compasión no te incluye a ti mismo, está incompleta y no puede extenderse verdaderamente a otros.”
La autocompasión es el fundamento de la compasión hacia los demás.
A veces nos perdemos en un mar de buenas intenciones, tratando de ser el refugio perfecto para todos los que nos rodean. Nos esforzamos por escuchar, por ayudar y por sanar las heridas de los demás, pero en ese proceso, solemos olvidar que nosotros también somos seres que necesitan cuidado. La hermosa frase de Jack Kornfield nos recuerda que la compasión no es algo que se pueda repartir de forma desigual; si dejamos fuera nuestro propio corazón, lo que estamos ofreciendo al mundo es solo una sombra de lo que realmente somos. Una compasión sin amor propio es como una lámpara sin aceite: puede que brille un momento, pero tarde o temprano se apagará.
En el día a día, esto se traduce en pequeñas pero importantes decisiones. Todos hemos tenido esos días en los que somos increíblemente pacientes con un colega que cometió un error, o con un amigo que está pasando por un mal momento, pero somos implacables con nosotros mismos cuando cometemos una pequeña equivocación. Nos criticamos con una dureza que jamás usaríamos con nadie más. Nos decimos palabras que nos rompen por dentro, olvidando que nosotros también merecemos esa misma ternura y comprensión que tan generosamente entregamos a los demás.
Recuerdo una vez que yo misma, en uno de mis momentos de mayor aprendizaje, intentaba ayudar a todos mis amigos con sus problemas, descuidando por completo mis propias horas de descanso y mi alimentación. Me sentía agotada y, extrañamente, mi capacidad de ayudar empezó a disminuir. Me volví irritable y menos empática. Fue entonces cuando comprendí que no podía dar agua de un pozo que estaba seco. Al empezar a tratarme con la misma dulzura con la que trato a mis seres queridos, mi capacidad de conectar con los demás se volvió mucho más profunda y auténtica.
Por eso, hoy quiero invitarte a que hagas una pausa y mires hacia adentro. No se trata de ser egoísta, sino de ser íntegro. Cuando te perdonas, cuando te cuidas y cuando te abrazas en tus momentos de vulnerabilidad, estás llenando tu reserva de amor para poder compartirla de verdad. Te animo a que hoy, al final del día, te hables con la misma amabilidad con la que le hablarías a tu mejor amigo. Recuerda que tu corazón es el centro de toda la bondad que puedes ofrecer al mundo.
