A veces, la vida se siente como una carrera interminable hacia una meta que siempre parece estar un paso más allá. Nos enseñaron a mirar lo que falta, a perseguir lo que nos falta y a sentir ese vacío constante cuando comparamos nuestra realidad con las vidas perfectas que vemos en una pantalla. Esta frase nos invita a detenernos y cambiar la dirección de nuestra mirada. Nos dice que la abundancia no es una cantidad de cosas, sino una forma de observar el mundo. Cuando enfocamos nuestra atención en lo que ya habita en nuestro presente, descubrimos que el suelo que pisamos es mucho más rico de lo que creíamos.
En el día a día, es muy fácil caer en la trampa de la carencia. Puede ser ese ascenso que no llegó, el coche que no podemos comprar o incluso esa habilidad que nos falta para sentirnos exitosos. Sin embargo, si pasamos todo el tiempo contando nuestras ausencias, terminamos viviendo en un estado de hambre emocional que nada puede saciar. Es como intentar llenar un cubo con agujeros; por más que vertamos logros o posesiones, el sentimiento de insuficiencia siempre encontrará una forma de filtrarse. La verdadera riqueza comienza cuando dejamos de contar las deudas de nuestra vida y empezamos a contar nuestras bendiciones.
Hace poco, mientras preparaba un té caliente en una tarde lluviosa, me sentí un poco abrumada por mis propios pendientes y por todo lo que siento que aún no he logrado construir. Estaba tan concentrada en lo que me faltaba por hacer, que casi no noté el aroma reconfortante de la manzanilla ni la suavidad de mi manta favorita. En ese momento, me recordé a mí misma lo que siempre trato de transmitir como BibiDuck: la importancia de apreciar el calor de lo pequeño. Al centrarme en la comodidad de ese instante, mi ansiedad empezó a disolverse. No necesitaba más metas cumplidas para sentirme bien en ese segundo, solo necesitaba reconocer que ese momento de paz ya era mío.
Te invito hoy a hacer un pequeño ejercicio de gratitud. No tiene que ser algo grandioso; puede ser el sabor de tu café, la risa de un amigo o simplemente el hecho de que hoy tienes un nuevo amanecer. Tómate un momento para cerrar los ojos y enumerar tres cosas que ya posees y que te hacen sonreír. Al hacerlo, notarás cómo el peso de la carencia se aligera y cómo, poco a poco, empiezas a ver la abundancia que siempre ha estado ahí, esperando a ser notada.
