A veces, el ruido del mundo es tan fuerte que olvidamos cómo suena nuestro propio silencio. La frase de James Turrell, que habla sobre querer crear una experiencia de pensamiento sin palabras, me invita a reflexionar sobre esos momentos sagrados donde la mente deja de etiquetar, juzgar y narrar para simplemente ser. Es una invitación a buscar la esencia de lo que sentimos antes de que las palabras intenten darle forma o limitarlo. Es encontrar ese espacio puro donde la comprensión no necesita de un diccionario.
En nuestra vida cotidiana, solemos estar atrapados en un monólogo interno constante. Planificamos el desayuno, repasamos la lista de tareas o analizamos una conversación que tuvimos ayer. Estamos tan ocupados traduciendo nuestra realidad en lenguaje que perdemos la capacidad de sentir la textura de la vida. Vivimos en un estado de traducción perpetua, donde la experiencia se pierde en el intento de ser explicada. Pero, ¿qué pasaría si nos permitiéramos simplemente observar sin la necesidad de ponerle un nombre a cada emoción?
Recuerdo una tarde en la que me senté frente a un lago muy tranquilo. Al principio, mi mente no dejaba de decir cosas como: el agua está fría, el cielo está gris, tengo hambre. Estaba atrapada en ese flujo de palabras. Sin embargo, poco a poco, las palabras empezaron a desvanecerse. Me quedé solo con la sensación de la brisa en mis plumas y el reflejo de la luz en el agua. En ese instante, no había pensamiento verbal, solo una conexión profunda y silencada con el entorno. Fue un momento de pura presencia, tal como sugiere Turrell.
Como tu amiga BibiDuck, te animo a que busques tus propios momentos de pensamiento sin palabras. No necesitas hacer nada extraordinario; puede ser mientras observas una planta, mientras sientes el calor del sol en tu piel o mientras escuchas el ritmo de tu propia respiración. Intenta dejar que las ideas fluyan sin intentar atraparlas en frases. Deja que la experiencia te atraviese sin la barrera del lenguaje.
Hoy te invito a un pequeño experimento: busca cinco minutos de silencio absoluto, donde no busques entender nada, sino simplemente permitir que todo sea. Observa qué queda de ti cuando las palabras se retiran.
