A veces, la palabra silencio parece ser el refugio más seguro cuando vemos que algo no está bien en el mundo. La frase de Paulo Freire nos invita a mirar de frente esa comodidad que a veces nos envuelve. Nos dice que no existe la neutralidad real; cuando decidimos no tomar partido en una lucha entre quienes tienen el poder y quienes no, en realidad estamos permitiendo que la injusticia continúe su curso. Lavarse las manos no es un acto de limpieza, sino un acto de complicidad con el que domina.
En nuestro día a día, esto no siempre se traduce en grandes revoluciones políticas, sino en esos pequeños momentos en los que vemos una injusticia en nuestra oficina, en nuestra escuela o incluso en nuestro grupo de amigos. Es muy fácil mirar hacia otro lado cuando vemos que alguien está siendo tratado injustamente solo para evitar el conflicto o para no perder nuestra propia comodidad. Sin embargo, ese silencio tiene un peso, y ese peso termina inclinando la balanza hacia el lado que ya tiene la ventaja.
Recuerdo una vez que, en mi pequeño rincón de reflexión, observé cómo un grupo de compañeros ignoraba sistemáticamente las ideas de una persona nueva, solo porque no tenía la misma antigüedad o influencia. Yo también sentí ese impulso de quedarme callada, de no incomodar el ambiente para mantener mi propia paz. Pero al final, mi silencio solo sirvió para que esa persona se sintiera más invisible. Entendí que mi falta de acción era, en esencia, una forma de apoyar la estructura que dejaba fuera a los demás.
Reconocer esto puede dar un poco de miedo, porque implica que nuestra responsabilidad es mayor de lo que nos gustaría admitir. Pero no tienes que cambiar el mundo entero en un segundo. El primer paso es simplemente dejar de ser indiferente. Hoy te invito a que reflexiones sobre esos pequeños espacios donde tu voz o tu apoyo podrían marcar una diferencia. No necesitas ser un héroe, solo necesitas no ser parte del silencio que permite la injusticia.
