“¿Por qué preocuparnos por lo que otros piensan de nosotros? ¿Acaso confiamos más en su opinión que en la nuestra?”
La opinión ajena no debe pesar más que la tuya.
A veces, nos encontramos atrapados en un laberinto de espejos, intentando descifrar qué imagen proyectamos ante los demás. La frase de Brigham Young nos invita a detenernos y hacernos una pregunta muy valiente: ¿por qué le damos tanto peso a la mirada ajena? Es curioso cómo, en nuestra búsqueda por encajar o ser aceptados, terminamos otorgando un poder inmenso a las opiniones de personas que ni siquiera conocen nuestro corazón. Nos volvemos jueces de nuestra propia vida basándonos en los comentarios de otros, olvidando que nuestra propia voz es la única que realmente conoce nuestra verdad y nuestro esfuerzo.
En el día a día, esto se manifiesta en las pequeñas decisiones que dejamos de tomar por miedo al juicio. Puede ser ese proyecto creativo que guardamos en un cajón, la ropa que no nos atrevemos a usar o incluso una opinión sincera que nos callamos en una cena familiar. Vivimos con esa pequeña ansiedad de qué dirán, como si la aprobación externa fuera el combustible necesario para nuestra felicidad, cuando en realidad, ese combustible suele ser humo que se disipa con el primer viento de crítica.
Recuerdo una vez que yo misma, con mi corazón de patito un poco asustado, no me atrevía a compartir mis escritos porque temía que no fueran lo suficientemente profundos o elegantes. Me pasaba horas revisando cada palabra, no para mejorarla, sino para que nadie pudiera encontrar un error. Me sentía pequeña, como si el peso de mil ojos invisibles me impidiera volar. Pero un día comprendí que, si me enfocaba en lo que yo sentía y en la alegría de crear, la opinión de los demás se volvía solo un ruido de fondo, algo que no podía cambiar mi esencia.
Al final del día, la única opinión que habitará contigo en la soledad de tu habitación es la tuya propia. Cultivar la confianza en nuestro propio criterio es un acto de amor propio fundamental. No se trata de volverse indiferente o arrogante, sino de aprender a escuchar nuestra propia brújula interna con más fuerza que los susurros del mundo exterior.
Hoy te invito a que hagas un pequeño ejercicio de reflexión. Piensa en algo que hayas estado postergando por miedo al qué dirán. ¿Qué pasaría si hoy decides confiar un poquito más en tu propia voz? Regálate ese permiso de ser tú, sin pedir permiso a nadie más.
