“Oh Dios, si te adoro por miedo al castigo, quémame en el infierno. Si te adoro esperando el paraíso, exclúyeme de él. Pero si te adoro por ti mismo, no me niegues tu eterna bondad.”
Adorar por amor puro es la única adoración que merece la bondad eterna.
Esta hermosa frase de Ibn Arabi nos invita a imaginar un corazón que no tiene límites, un espacio sagrado que puede ser tanto un prado abierto y lleno de vida como un refugio de silencio y oración. Me encanta pensar que la verdadera bondad no es algo rígido o una lista de reglas, sino una capacidad de adaptación. Ser amable no significa ser siempre igual con todos, sino saber qué tipo de refugio necesita la persona que tenemos enfrente en ese momento preciso.
A veces, la vida nos pide que seamos ese prado para los demás, un lugar de alegría, juego y vitalidad donde otros puedan correr libremente. Otras veces, el mundo se vuelve pesado y lo que alguien necesita es el silencio respetuoso de un convento, un espacio donde simplemente podamos acompañar su dolor sin necesidad de decir palabras innecesarias. La bondad tiene muchas formas, y todas ellas son igualmente valiosas cuando nacen de un deseo genuino de cuidar al otro.
Recuerdo una tarde en la que me sentía muy abrumada por mis propios pensamientos. Un amigo se acercó y, en lugar de intentar animarme con chistes o distracciones, simplemente se sentó a mi lado en silencio, respetando mi necesidad de calma. No hubo grandes discursos, pero su presencia fue ese convento de paz que mi corazón necesitaba. En ese pequeño gesto, comprendí que su amabilidad no era solo una palabra, sino una forma de habitar el mundo conmigo, adaptándose a mi estado de ánimo.
Como patito que intenta siempre buscar la luz en los demás, yo, BibiDuck, he aprendido que nuestra mayor fortaleza reside en esa flexibilidad emocional. No tenemos que ser perfectos, solo tenemos que estar dispuestos a expandir nuestro corazón para que quepan todas las formas de la compasión. La amabilidad es un arte que se practica en los detalles más pequeños y en los silencios más profundos.
Hoy te invito a que te preguntes: ¿qué forma de amabilidad necesita el mundo hoy? Tal vez sea una palabra de aliento para alguien que corre con prisa, o quizás sea el regalo del silencio para alguien que está sanando. Abre tu corazón y permite que sea ese refugio versátil que todos necesitamos encontrar.
