A veces, la vida se siente como una carrera interminable donde solo nos enfocamos en la meta, olvidando mirar a nuestro alrededor. La hermosa frase de Hildegard de Bingen nos invita a hacer una pausa necesaria para recuperar nuestra capacidad de asombro. Nos sugiere que miremos el sol, la luna, las estrellas y la vida que brota en cada pequeña planta. No se trata solo de observar con los ojos, sino de sentir la maravilla de existir en un universo que está constantemente en movimiento y lleno de magia silenciosa.
En nuestro día a día, es muy fácil caer en la rutina de mirar solo la pantalla del teléfono o el reloj para ver cuánto tiempo nos queda para terminar una tarea. Nos volvemos ciegos a lo extraordinario por estar demasiado concentrados en lo urgente. Sin embargo, la verdadera paz llega cuando permitimos que el mundo nos sorprenda de nuevo. Cuando dejamos de ver la naturaleza como un simple fondo de nuestra vida y empezamos a verla como una compañera de viaje que respira y crece junto a nosotros.
Recuerdo una tarde en la que yo, tu amiga BibiDuck, me sentía muy abrumada por mis propios pensamientos y preocupaciones. Estaba sentada en el jardín, sintiendo que nada podía cambiar mi ánimo. De repente, me detuve a observar cómo una pequeña hormiga transportaba una hoja mucho más grande que ella y cómo la luz del atardecer pintaba de dorado las hojas de los árboles. Ese pequeño instante de observación cambió mi perspectiva; me recordó que hay un orden y una belleza persistente en el mundo, incluso cuando mis problemas parecen gigantes.
Esa conexión con lo natural tiene un poder sanador profundo. Al observar el ciclo de la luna o el crecimiento de una semilla, recordamos que nosotros también tenemos nuestros propios ciclos de expansión y de descanso. No siempre estamos en flor, y eso está bien. Al igual que las plantas, necesitamos momentos de sombra y de calma para poder florecer con fuerza más adelante.
Hoy te invito a que, aunque sea por un minuto, levantes la vista de tus pendientes. Busca un rayo de sol, mira hacia el cielo o simplemente observa una planta en tu ventana. Permítete sentir esa chispa de asombro y deja que la maravilla de la vida te abrace el corazón.
