A veces, las limitaciones más difíciles de romper no son las que vemos en el mundo exterior, sino aquellas que hemos aceptado como nuestra única realidad. La frase de Alejandro Jodorowsky nos invita a reflexionar sobre cómo nuestro entorno puede moldear nuestra percepción de lo que es posible. Cuando crecemos rodeados de miedos, reglas excesivamente rígidas o una zona de confort que se siente demasiado segura, terminamos por creer que la libertad es algo peligroso o incluso algo que no nos pertenece. Lo que para otros es un vuelo lleno de aventuras, para nosotros puede parecer una pérdida de estabilidad o un error de juicio.
En nuestra vida cotidiana, esto sucede mucho más seguido de lo que nos gusta admitir. Puede ser en un trabajo que nos asfixia pero que nos da una seguridad rutinaria, o en una relación que nos limita pero que nos evita el esfuerzo de buscar algo nuevo. Nos acostumbimos tanto a las paredes de nuestra propia jaula que la idea de expandir nuestros horizontes nos genera una ansiedad extraña, como si el cielo fuera un lugar donde no sabemos cómo sobrevivir. Nos volvemos expertos en sobrevivir dentro de los límites, olvidando que fuimos diseñados para explorar.
Recuerdo una vez que me sentía muy pequeña frente a un nuevo proyecto creativo. Tenía miedo de que mis ideas fueran demasiado grandes para mi capacidad y prefería quedarme en lo conocido, donde nada podía salir mal. Me sentía cómoda, pero era una comodidad triste, porque sentía que me estaba perdiendo de algo vital. Fue solo cuando decidí que el riesgo de caer era preferible al peso de la inmovilidad que empecé a entender que el vuelo no es una enfermedad, sino nuestra verdadera naturaleza. Al igual que yo, a veces necesitamos un pequeño empujón para recordar que nuestras alas están intactas.
No te sientas mal si alguna vez has sentido miedo de la libertad. Es normal querer refugio, pero no permitas que ese refugio se convierta en tu prisión. Hoy te invito a observar tus propios límites y a preguntarte si esos miedos son reales o si son solo una costumbre de tu jaula. Tal vez sea el momento de mirar hacia arriba y dar el primer aleteo, con cuidado pero con valentía, hacia ese cielo que tanto te está esperando.
