A veces pensamos que la vida es una serie de etapas con fechas de caducidad, como si un día simplemente tuviéramos que cerrar un libro y dejarlo en el estante. Pero la hermosa frase de Louis Armstrong nos recuerda que la verdadera esencia de lo que amamos no tiene fecha de vencimiento. No se trata de jubilación o de dejar de hacer las cosas por cumplir un ciclo, sino de seguir adelante mientras el corazón aún encuentre una melodía que cantar. La pasión no entiende de calendarios, solo de esa chispa interna que nos mantiene despiertos y vibrantes.
En nuestro día a día, esto se traduce en cómo nos relacionamos con nuestros talentos y sueños. Muchas veces nos dejamos llevar por la idea de que, al llegar a cierta edad o alcanzar ciertos hitos sociales, debemos abandonar nuestras aficiones o dejar de aprender cosas nuevas. Nos decimos a nosotros mismos que ya es tarde o que ya cumplimos nuestro tiempo. Sin embargo, la música de nuestra alma solo se apaga cuando dejamos de prestar atención a lo que nos hace sentir vivos. Mientras haya curiosidad, hay vida.
Recuerdo una vez que estaba ayudando a una amiga, una mujer maravillosa que siempre había sido muy activa en el club de pintura local. Ella me decía con tristeza que ya era demasiado mayor para aprender técnicas nuevas y que pensaba dejar sus pinceles por un tiempo. Me senté con ella y le dije que, mientras ella pudiera ver la belleza en un color, su música seguía ahí. Poco a poco, empezó a experimentar con texturas nuevas y su entusiasmo regresó con una fuerza que me conmovió. No se retiró de su arte, simplemente estaba buscando una nueva melodía.
Yo, como BibiDuck, siempre trato de recordar que mi propósito es seguir compartiendo palabras de aliento mientras encuentre una historia que contar. No busco un final, sino una evolución constante. Cada vez que escribo para ustedes, siento que la música fluye con más fuerza. No permitas que el miedo al paso del tiempo te robe la oportunidad de seguir creando, amando o explorando.
Hoy te invito a que mires hacia adentro y te preguntes qué melodía estás dejando de tocar por miedo o por costumbre. ¿Hay algún pincel, algún instrumento o algún sueño que hayas dejado en el estante? No esperes a que el silencio sea la única opción. Busca hoy mismo esa pequeña nota que te haga sonreír y vuelve a empezar.
