“La vida no es lo que haces solo; es la contribución de todos los que tocaron tu vida y cada experiencia que entró en ella.”
Nuestras vidas son el resultado de todas nuestras conexiones.
A veces, las palabras de Adrienne Rich nos golpean con una verdad que duele, pero que es profundamente necesaria para sanar. Cuando hablamos de ese desequilibrio psíquico, nos referimos a ese vacío frío que se siente en el pecho cuando estamos presentes, físicamente allí, pero nuestra identidad es ignorada por quienes tienen la autoridad de definir lo que es real. Es ese instante de desconexión donde el mundo nos dice, sin usar palabras, que nuestra voz, nuestra piel o nuestra historia no pertenecen al relato principal de la sociedad.
En nuestra vida cotidiana, esto no siempre ocurre en grandes discursos políticos, sino en los pequeños rincones de la rutina. Lo sentimos cuando un profesor ignora la perspectiva de un alumno con un acento diferente, o cuando en una reunión de trabajo las ideas de una mujer con discapacidad son pasadas por alto como si fueran invisibles. Es una sensación de desorientación, como si el suelo bajo nuestros pies se volviera inestable porque la realidad que nos han enseñado a aceptar nos niega el derecho a existir con dignidad.
Recuerdo una vez que, mientras ayudaba a organizar un pequeño grupo de lectura, una persona muy respetada en la comunidad comenzó a hablar sobre la historia de la literatura como si fuera un club exclusivo para un solo tipo de voz. Vi cómo los ojos de algunos jóvenes, con sus historias tan diversas y ricas, se apagaban lentamente. No fue un grito, fue un silencio pesado. Ese silencio es el desequilibrio del que habla la autora; es el peso de sentirse un fantasma en tu propia historia.
Sin embargo, reconocer este desequilibrio es el primer paso para recuperar nuestro centro. No podemos cambiar la autoridad de otros de la noche a la mañana, pero sí podemos empezar a nombrar nuestra propia realidad. Yo, como tu pequeña amiga BibiDuck, siempre te diré que tu voz tiene un lugar sagrado y que tu existencia es indiscutible, sin importar cuánto intenten omitirte.
Hoy te invito a que busques esos momentos en los que te has sentido invisible y, en lugar de encogerte, permitas que tu propia verdad tome fuerza. Pregúntate: ¿qué partes de mi historia estoy dejando de nombrar por miedo a no encajar? Empieza por reconocerte a ti mismo con todo el orgullo que mereces.
