A veces nos pasamos la vida entera mirando hacia el horizonte, esperando con ansias el momento en que alcancemos esa meta que tanto deseamos. Pensamos que la verdadera felicidad está guardada en una caja cerrada que solo se abrirá cuando nos graduemos, consigamos ese ascenso o finalmente compremos la casa de nuestros sueños. Pero la frase de Emerson nos susurra algo mucho más dulce y profundo: la vida no es ese punto final donde descansamos, sino cada pequeño paso, cada tropiezo y cada respiración que damos mientras caminamos.
En el día a día, es tan fácil caer en la trampa de vivir en el futuro. Corremos de una reunión a otra, de una tarea doméstica a otra, olvidando que el paisaje que nos rodea es lo único real que poseemos. Nos olvidamos de saborear el café de la mañana o de notar cómo la luz del sol entra por la ventana. Nos convertimos en pasajeros apurados de un tren que no se detiene, tan concentrados en la estación de llegada que nos perdemos el vuelo de las mariposas que pasan junto a la ventana.
Recuerdo una vez que yo, con mi corazón de patito un poco ansioso, estaba obsesionada con terminar de organizar mi pequeño jardín. No dejaba de pensar en lo hermoso que se vería cuando todas las flores florecieran. Estaba tan estresada por el resultado final que ni siquiera noté la belleza de los brotes verdes que empezaban a asomar o el sonido de la lluvia sobre la tierra fresca. Me perdí el proceso por querer poseer el resultado. Fue entonces cuando comprendí que la alegría no estaba en el jardín terminado, sino en el contacto de mis manos con la tierra.
Te invito hoy a que bajes un poco la velocidad. No necesitas tener todas las respuestas ni haber llegado a la cima de la montaña para sentirte pleno. Mira a tu alrededor y busca un pequeño detalle que te haga sonreír en este preciso instante. La magia no está en la meta, sino en la hermosa y caótica aventura de estar vivo hoy mismo.
