A veces, cuando el mundo se siente demasiado ruidoso o pesado, nos olvidamos de lo que realmente nos sostiene. La frase de Mata Amritanandamayi nos recuerda algo precioso: el amor no es solo un sentimiento pasajero, sino nuestra esencia más profunda. No es algo que debamos construir o buscar afuera como si fuera un tesoro escondido, sino algo que ya vive dentro de nosotros, sin fronteras ni condiciones. Cuando comprendemos que el amor no tiene límites, empezamos a ver la vida con una luz mucho más suave y compasiva.
En el día a día, es muy fácil caer en la trampa de poner límites al afecto. Decimos cosas como, solo puedo ser amable si me tratan bien, o solo puedo dar mi corazón si estoy seguro de no salir herido. Construimos murallas alrededor de nuestra capacidad de querer para protegernos, pero sin darnos cuenta, esas mismas murallas nos aíslan de nuestra verdadera naturaleza. Vivir con límites es vivir a medias, limitando la inmensidad de lo que somos capaces de sentir y compartir con los demás.
Recuerdo una tarde en la que me sentía muy agotada y un poco cerrada al mundo. Estaba convencida de que no tenía nada que ofrecer a nadie ese día. Sin embargo, vi a una pequeña flor intentando crecer entre las grietas de un pavimento frío y gris. Esa pequeña planta no pedía permiso para existir ni ponía condiciones para buscar la luz; simplemente fluía con su instinto de vida. En ese momento, comprendí que mi capacidad de dar un pequeño gesto de bondad, incluso cuando me sentía vulnerable, era una chispa de esa esencia infinita que todos compartimos.
Como tu amiga BibiDuck, quiero invitarte a que hoy intentes derribar una pequeña piedra de ese muro que hayas construido. No necesitas hacer un gran sacrificio, basta con un pensamiento amable hacia un desconocido o un abrazo más largo de lo habitual hacia alguien querido. Permítete recordar que tu capacidad de amar es infinita y que, al expandirla, estás volviendo a casa, a tu verdadera esencia. ¿Qué pequeño acto de amor sin límites podrías realizar hoy?
