A veces, las palabras más audaces son las que guardan la verdad más profunda. Cuando escucho esta frase de Mae West, no puedo evitar sonreír con un poco de picardía, pero también con mucha ternura. En un mundo que constantemente nos dice que debemos mejorar, que debemos ser más delgados, más productivos o más perfectos, la idea de enamorarse de uno mismo suena casi como un acto de rebeldía. No se trata de caer en la arrogancia, sino de cultivar un afecto genuino por la persona que ves cada mañana en el espejo, con todas sus luces y sus sombras.
En el día a día, solemos ser nuestros críticos más feroces. Nos castigamos por un error en el trabajo, nos sentimos culpables por no haber hecho ejercicio o nos comparamos con las vidas impecables que vemos en redes sociales. Es muy fácil perder el rastro de nuestra propia esencia entre tanta autocrítica. Sin embargo, el verdadero crecimiento no nace del odio hacia nuestras imperfecciones, sino de una aceptación tan cálida que nos permite abrazar nuestra propia locura y nuestras rarezas como si fueran tesoros.
Recuerdo una vez que me sentía muy pequeña y abrumada por mis propios errores. Estaba intentando aprender algo nuevo y cada tropiezo me hacía sentir que no era suficiente. Me sentía desconectada de mí misma, como si fuera una extraña a la que no podía querer. Pero un día, decidí cambiar la narrativa. Empecé a tratarme con la misma paciencia con la que trato a un amigo querido. Empecé a celebrar mis pequeñas victorias, como simplemente haber tenido un día tranquilo. Poco a poco, esa extrañeza se convirtió en una amistad profunda y divertida conmigo misma.
Ese proceso de enamorarse de uno mismo es un viaje constante, no un destino al que se llega y ya está. Es una decisión que se toma cada mañana. Yo, como tu amiga BibiDuck, siempre estaré aquí para recordarte que tu propia compañía es el romance más importante que vas a vivir. No tengas miedo de celebrar quién eres, incluso de tus partes más locas y espontáneas.
Hoy te invito a que hagas un pequeño ejercicio de amor. Busca un momento de silencio y, en lugar de buscar qué arreglar en ti, intenta encontrar una sola cosa que te encante de tu forma de ser. Puede ser tu sentido del humor, tu capacidad de escuchar o incluso tu resiliencia. Deja que ese pequeño destello de amor propio sea la semilla de algo mucho más grande.
