A veces, la vida nos pide que creamos en algo que no podemos tocar ni medir con una regla. Esta hermosa frase de Kahlil Gibran nos habla de esa chispa interna, de una certeza que no necesita de datos científicos ni de evidencias físicas para existir. La fe, en este sentido, no es una cuestión de lógica, sino un conocimiento profundo que reside en lo más íntimo de nuestro corazón, un lugar donde las pruebas no pueden llegar pero donde la verdad se siente con total claridad.
En nuestro día a día, solemos buscar seguridad en lo tangible: un contrato firmado, un saldo bancario o una promesa verbal. Sin embargo, las cosas que realmente dan sentido a nuestra existencia suelen ser invisibles. Es esa sensación de que todo estará bien a pesar de la tormenta, o la convicción de que el amor que sentimos por alguien es real aunque no podamos fotografiarlo. Cuando dejamos de buscar pruebas y empezamos a escuchar nuestro corazón, el asombro aparece como un compañero constante, recordándonos que el mundo es mucho más vasto de lo que nuestros ojos pueden ver.
Recuerdo una vez que me sentía muy perdida, como si estuviera caminando en una niebla espesa donde no veía el siguiente paso. Yo intentaba analizar cada detalle, buscando una señal lógica que me dijera hacia dónde ir, pero nada me daba paz. Fue solo cuando dejé de buscar respuestas externas y confié en esa pequeña voz interna que me decía que todo fluiría, que la niebla empezó a disiparse. Al aceptar lo que no podía probar, permití que la maravilla de la incertidumbre me rodeara, y de repente, el camino volvió a brillar con colores que no había notado antes.
Te invito hoy a que dejes de lado por un momento la necesidad de tener todas las respuestas. No necesitas un mapa perfecto ni una lista de evidencias para confiar en tu propio proceso. Permítete sentir ese asombro ante lo desconocido y confía en ese conocimiento silencioso que habita en ti. ¿Qué pasaría si hoy decidieras abrazar lo invisible con la misma fuerza con la que abrazas lo que puedes ver?
