A veces, cuando me detengo a observar un atardecer de colores vibrantes, siento una mezcla extraña de alegría y una pizca de tristeza. La frase de Virginia Woolf nos recuerda que la belleza no es algo plano o puramente feliz; tiene dos filos. Por un lado, nos regala la risa y el asombro, pero por el otro, nos recuerda su fragilidad. Esa sensación de que algo hermoso es precioso precisamente porque no durará para siempre es lo que hace que el corazón se sienta un poco dividido, entre la gratitud de vivirlo y el dolor de saber que se desvanecerá.
En nuestra vida cotidiana, esto sucede mucho más de lo que creemos. Lo vemos en el crecimiento de una flor en nuestro jardín o en la risa espontánea de un niño. Esos momentos son destellos de luz pura, pero siempre vienen acompañados de la conciencia de que el tiempo sigue su curso. La belleza de un abrazo cálido es inmensa, pero también hay una melancolía silenciosa al saber que el encuentro terminará y que cada segundo nos aleja de ese instante perfecto.
Recuerdo una tarde en la que me senté en el parque a ver las hojas caer en otoño. Era un espectáculo de dorados y ocres absolutamente mágico, de esos que te dejan sin aliento. Sin embargo, mientras admiraba la danza de las hojas, no pude evitar sentir un nudo en la garganta al pensar que ese paisaje era el preludio del invierno y de la pérdida de la vitalidad del verano. Era exactamente lo que Woolf describía: la belleza me hacía sonreír, pero la conciencia de su fin me partía un poquito el corazón.
Como tu amiga BibiDuck, quiero decirte que no tengas miedo de sentir esa dualidad. No intentes ignorar la tristeza que acompaña a lo hermoso, porque es precisamente esa sensibilidad la que te permite apreciar la profundidad de la vida. La angustia y la risa son dos caras de la misma moneda que llamamos existencia.
Hoy te invito a que, cuando encuentres algo hermoso, te permitas disfrutarlo plenamente, pero también que abraces la nostalgia que trae consigo. No huyas de la vulnerabilidad; deja que la belleza te atraviese por completo, con todos sus bordes, y simplemente agradece el regalo de estar presente para presenciarlo.
