A veces, la vida se siente como si estuviéramos en medio de una feria muy rápida, donde las luces brillan demasiado y el suelo parece moverse bajo nuestros pies. Esa frase de Kierkegaard captura perfectamente ese sentimiento de vértigo que llamamos ansiedad. Cuando tenemos tantas opciones, tantos caminos posibles y tantas responsabilidades, el peso de nuestra propia libertad puede llegar a marearnos. Es como si el mundo girara demasiado rápido y no encontráramos un punto de apoyo donde descansar la mirada.
En nuestro día a día, esto se traduce en esas noches de insomnio donde repasamos cada decisión que tomamos. Quizás te ha pasado que, frente a un cambio importante, como un nuevo trabajo o una mudanza, sientes que pierdes el equilibrio. No es que algo esté mal en ti, es simplemente que la magnitud de tu libertad te está haciendo sentir pequeña. Esa sensación de mareo es la señal de que estás frente a algo grande, pero es también la parte más agotadora de ser humanos.
Recuerdo una vez que yo misma me sentía así, como si estuviera flotando sin rumbo en un océano de dudas. Tenía tantos proyectos y sueños que, en lugar de emocionarme, sentía un miedo paralizante. No encontraba dónde aterrizar mis pensamientos. Fue entonces cuando comprendí que la fe no se trata de tener todas las respuestas, sino de confiar en que, aunque el mundo gire, hay algo más profundo que nos sostiene. Encontré mi propio suelo firme al aprender a soltar el control y confiar en el proceso, permitiéndome creer que cada giro tiene un propósito.
La fe actúa como ese ancla silenciosa que nos permite estar en medio de la tormenta sin salir volando. No es una ausencia de movimiento, sino la seguridad de que, sin importar cuánto gire el mundo, hay una base sólida en nuestro interior y en nuestra conexión con lo sagrado o lo esencial. Es lo que nos permite caminar con pasos firmes incluso cuando el horizonte parece borroso.
Hoy te invito a que, si sientes ese mareo en tu pecho, no intentes detener el giro del mundo a la fuerza. En lugar de eso, busca tu propio suelo. Tómate un momento para respirar y encontrar ese pequeño punto de paz en tu corazón donde la confianza puede florecer. ¿Qué pequeño acto de fe podrías realizar hoy para sentirte un poco más cerca de la tierra?
