A veces pensamos que la abundancia es algo que se puede contar, como el número en nuestra cuenta bancaria o la cantidad de cosas que acumulamos en nuestra alacena. Pero cuando leo las palabras de Wayne Dyer, me doy cuenta de que la verdadera riqueza tiene un aroma mucho más dulce y profundo. Él nos dice que hacer lo que amamos es la piedra angular de una vida abundante. Esto significa que la abundancia no es solo tener mucho, sino sentir que lo que haces llena tu alma de una manera que nada más puede lograr.
En el día a paso acelerado en el que vivimos, es muy fácil perdernos en la rutina de cumplir con obligaciones que apenas nos hacen sentir vivos. Nos enfocamos tanto en la supervivencia y en llegar al final del día que olvidamos alimentar aquello que nos hace vibrar. La abundancia real ocurre cuando hay una armonía entre nuestras acciones y nuestro corazón. Cuando tu trabajo, tus pasatiempos o incluso la forma en que cuidas tu jardín reflejan tu pasión, empiezas a notar que la vida se siente más completa y generosa.
Recuerdo una vez que me sentía muy desanimada, como si estuviera caminando bajo una lluvia gris que no terminaba. Estaba haciendo todo lo que se suponía que debía hacer, pero me sentía vacía. Un día, decidí dedicar una tarde entera a pintar, algo que había abandonado por falta de tiempo. Mientras mezclaba los colores, sentí un calorcito en el pecho, una chispa de alegría que no había sentido en meses. Ese pequeño momento de hacer lo que amo me recordó que la verdadera riqueza estaba ahí, en la capacidad de disfrutar el presente con pasión.
No necesitas hacer un cambio radical de la noche a la mañana para empezar a cultivar esta abundancia. Puede ser algo tan pequeño como dedicar diez minutos a leer un libro que te fascina o preparar una receta nueva con todo tu esmero. Lo importante es reconocer esos momentos de conexión con tu esencia. Yo, como tu amiga BibiDuck, siempre estaré aquí para recordarte que tu alegría es la brújula que te guía hacia una vida plena.
Hoy te invito a que te detengas un momento y te preguntes: ¿Qué actividad me hace olvidar el paso del tiempo? No la dejes para después. Busca una pequeña grieta en tu rutina para dejar entrar esa pasión, y observa cómo, poco a poco, tu mundo empieza a llenarse de una luz nueva y abundante.
