A veces me detengo a pensar en esa frase de Bryan White y no puedo evitar soltar una pequeña risita. Decir que nunca crecemos realmente, sino que solo aprendemos a actuar en público, es una de las verdades más reconfortantes que existen. Nos pasamos la vida intentando ser adultos serios, responsables y compuestos, pero por dentro, todos guardamos a ese niño o niña que aún se emociona con un helado o que siente un poquito de miedo ante lo desconocido. Crecer no es dejar de tener esa esencia juguetona, sino aprender a navegar el mundo con un poco más de diplomacia.
En el día a día, esto se nota en los pequeños detalles. Lo vemos cuando un colega de trabajo, después de una reunión muy estricta, se emociona saltando porque encontró un meme gracioso, o cuando alguien que parece muy maduro se siente vulnerable ante una película triste. Es esa dualidad entre la máscara que nos ponemos para cumplir con nuestras responsabilidades y el corazón auténtico que late debajo. La verdadera madurez no es borrar nuestra infancia, sino integrar esa curiosidad y esa espontaneidad en nuestra vida adulta de una manera que nos permita conectar con los demás.
Recuerdo una vez que yo, en uno de mis momentos de reflexión, intentaba organizar mis pensamientos de la manera más seria posible, como si fuera un gran sabio. Pero de repente, vi una pequeña flor brotando entre las grietas del pavimento y no pude evitar sentir una alegría inmensa y pura, casi infantil. En ese momento comprendí que no necesitaba ser una figura de autoridad perfecta; solo necesitaba aceptar que mi capacidad de asombro es lo que me mantiene viva. No hay nada de malo en permitir que ese niño interior asome la cabeza, siempre y sea en el momento adecuado.
Así que, hoy te invito a que seas amable contigo mismo cuando sientas que tu lado más espontáneo intenta salir. No te presiones por ser una persona de cristal, impecable y sin emociones. Permítete jugar, reír de forma ruidosa con tus amigos o simplemente disfrutar de algo simple sin sentir que estás perdiendo la compostura. Al final del día, lo que nos hace humanos y nos permite amar de verdad es precisamente esa esencia que nunca dejamos de cultivar.
