A veces, las palabras de los grandes pensadores pueden sentirse pesadas o distantes, como si hablaran de un mundo que no es el nuestro. Cuando leo la frase de W.E.B. Du Bois sobre cómo el problema del siglo veinte es la línea de color, siento un nudo en el corazón. No es solo una observación histórica, es un recordatorio de las barreras invisibles y visibles que hemos construido para separar a los seres humanos. Esta frase nos invita a mirar de frente aquellas fronteras que nos impiden vernos como iguales y nos obliga a reconocer que la desigualdad no es un accidente, sino una estructura que aún intentamos desmantelar.
En nuestra vida cotidiana, estas líneas no siempre se ven como muros de concreto, sino como pequeñas exclusiones en el café de la mañana o silencios incómodos en una reunión de trabajo. Podemos verla en cómo juzgamos a alguien por su apariencia antes de conocer su historia, o en cómo la sociedad decide quién merece ser escuchado y quién debe permanecer en la sombra. Es fácil ignorar estas líneas cuando no nos tocan directamente, pero la verdadera empatía nace cuando aprendemos a reconocer dónde están trazadas y cómo afectan el tejido de nuestra comunidad.
Recuerdo una vez que estaba observando un pequeño parque en mi barrio. Vi a un grupo de niños jugando, llenos de risas y energía, pero noté cómo, casi sin darse cuenta, los adultos se agrupaban siguiendo patrones muy marcados de origen y color. Era como si existieran senderos invisibles que dictaban con quién podíamos entablar una conversación. Me sentí muy pequeña en ese momento, dándome cuenta de que, aunque intentamos ser amables, las estructuras de prejuicio se filtran en nuestros gestos más cotidianos. Me hizo pensar que no basta con no ser racista, sino que debemos trabajar activamente para borrar esas líneas.
Como tu amiga BibiDuck, quiero decirte que no tienes que resolver todos los problemas del mundo hoy mismo, pero sí puedes empezar por observar tu propio entorno con ojos nuevos. La justicia comienza con la capacidad de reconocer la humanidad en el otro, sin importar la línea que intente separarlos. Te invito a que hoy, cuando salgas a caminar o hables con alguien, te preguntes qué prejuicios estás cargando sin saberlo y cómo podrías empezar a tender puentes en lugar de levantar muros. Un pequeño gesto de inclusión puede ser la primera grieta en esa gran línea que nos divide.
