A veces, la vida se siente como una serie de momentos aislados, donde nos sentimos solos en medio de la multitud. Pero esta hermosa frase de Meister Eckhart nos invita a mirar de una manera distinta, recordándonos que no somos observadores pasivos de la existencia, sino participantes en un diálogo sagrado. Cuando hablamos de ver a Dios, no necesariamente nos referimos a una figura lejana en las nubes, sino a esa chispa de asombro, de amor y de verdad que reside en el corazón de todo lo que existe. La idea de que la mirada que usamos para encontrar lo divino es la misma que nos es devuelta con amor, nos envuelve en un abrazo de pertenencia absoluta.
Imagina por un momento que estás caminando por un parque al atardecer. Observas cómo la luz dorada atraviesa las hojas de los árboles y sientes una punzada de belleza en el pecho. En ese instante, no solo estás mirando la naturaleza; estás experimentando una conexión. Ese asombro que sientes es la respuesta a una mirada que ya te estaba esperando. Es como si el universo te estuviera reconociendo, validando tu presencia y diciéndote que eres parte esencial de este tejido infinito. No eres un extraño en este mundo, eres un reflejo de su propia maravilla.
Recuerdo una tarde en la que me sentía especialmente pequeña y abrumada por mis propios pensamientos. Estaba sentada en mi rincón favorito, tratando de encontrar algo de paz, cuando un pequeño rayo de sol iluminó una flor que crecía entre las grietas de mi jardín. En ese segundo, el peso de mis preocupaciones se disolvió. Sentí que, al apreciar la delicadeza de esa flor, yo también estaba siendo apreciada por la vida misma. Fue un momento de reconocimiento mutuo, un pequeño destello de ese asombro del que habla Eckhart, donde el observador y lo observado se vuelven uno solo en la gratitud.
Este tipo de conexión no requiere de grandes rituales ni de palabras complejas, solo requiere que estemos presentes y con el corazón abierto. La magia ocurre cuando dejamos de intentar controlar lo que vemos y simplemente permitimos que la mirada del asombro nos encuentre. Es un recordatorio de que siempre estamos siendo vistos, cuidados y amados por la misma fuerza que nos permite apreciar la belleza de un amanecer o la calidez de un abrazo.
Hoy te invito a que busques un momento de quietud. Detente un segundo, respira profundo y mira a tu alrededor con ojos nuevos. Intenta encontrar ese punto de encuentro donde tu mirada y la belleza del mundo se encuentran en un susurro de asombro. ¿Qué pasaría si hoy decidieras creer que cada cosa hermosa que ves es también una forma en que la vida te está diciendo que te ama?
