“El amor y la atención que siempre pensaste que querías de alguien más, es el amor y la atención que primero necesitas darte a ti mismo.”
La atención que esperas de otros empieza por dártela a ti mismo
A veces pasamos gran parte de nuestra vida mirando hacia afuera, esperando que alguien llegue con el abrazo perfecto, las palabras exactas o esa atención constante que nos haga sentir valiosos. Buscamos en los demás ese refugio que nos dé seguridad, sin darnos cuenta de que estamos intentando llenar un vacío que solo nosotros podemos nutrir. Esta frase de Bryant McGill nos invita a un descubrimiento profundo y, aunque pueda sonar un poco desafiante, es en realidad una de las verdades más liberadoras que podemos abrazar. Se trata de entender que la fuente de nuestra propia validación no debe depender de un tercero, sino de la ternura con la que nos tratamos a nosotros mismos.
En el día a día, esto se traduce en los pequeños detalles. Es muy fácil caer en el hábito de ser nuestros críticos más feroces, regañándonos por un error en el trabajo o sintiendo culpa por no haber sido lo suficientemente productivos. Nos exigimos una perfección que nunca pediríamos a un amigo querido. Vivimos esperando que alguien nos diga que lo estamos haciendo bien, que somos suficientes y que nuestro esfuerzo vale la pena, olvidando que nosotros somos los primeros testigos de nuestra propia lucha y de nuestros pequeños triunfos cotidianos.
Recuerdo una tarde en la que me sentía especialmente agotada y con el corazón un poco pesado. Estaba esperando una llamada, un mensaje o cualquier señal de afecto que me hiciera sentir que no estaba sola en mi cansancio. Me sentía invisible. En un momento de silencio, me detuve y me preparé una taza de té caliente, me puse mi manta favorita y decidí hablarme con la misma suavidad con la que le hablaría a un pequeño patito que acaba de aprender a caminar. En ese instante, comprendí que la atención que tanto ansiaba de otros ya estaba disponible dentro de mí, solo tenía que aprender a otorgármela.
Empezar este viaje de amor propio no significa volverse egoísta, sino aprender a ser nuestro propio hogar. Es aprender a escucharnos, a descansar cuando el cuerpo lo pide y a celebrar nuestras pequeñas victorias sin esperar el aplauso de nadie más. Te invito hoy a que hagas una pausa y te preguntes: ¿cómo me estoy tratando en este momento? Tal vez sea el momento de dejar de buscar ese amor en el horizonte y empezar a cultivarlo justo aquí, en el centro de tu propio corazón.
